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Ucrania y la medida más incómoda de la guerra: qué les está ocurriendo a los civiles

  • 19 ago
  • 5 min de lectura

Naciones Unidas verificó 437 civiles muertos y 2.610 heridos en julio de 2026, el mayor número mensual de fallecidos desde mayo de 2022. La estadística no puede explicar por sí sola la guerra, pero obliga a examinar cómo están cambiando sus efectos sobre quienes no combaten


Diez personas murieron y al menos dieciocho resultaron heridas el 18 de agosto en Pechenihy, en la región ucraniana de Járkiv, según las autoridades ucranianas citadas por Reuters, tras un ataque atribuido a Rusia. La misión de derechos humanos de Naciones Unidas investigaba todavía el episodio. Considerado aisladamente, el acontecimiento podría incorporarse a la sucesión diaria de ataques que acompaña desde hace años a la guerra. Su verdadera importancia analítica aparece al situarlo junto a una tendencia más amplia y documentada con un estándar diferente: en julio de 2026, la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos verificó 437 civiles muertos y 2.610 heridos en Ucrania.


Son 3.047 víctimas civiles verificadas durante un solo mes. Según Naciones Unidas, la cifra representa un aumento del 30 % respecto de junio de 2026 y del 70 % frente a julio de 2025; el número de civiles muertos fue el mayor registrado mensualmente desde mayo de 2022. Además, las armas de largo alcance causaron el 38 % de las bajas civiles documentadas por la misión durante julio.


Estas cifras no constituyen un marcador secundario de la guerra. Tampoco deben utilizarse como munición retórica. Su importancia exige precisamente lo contrario: distinguir con extraordinario cuidado qué sabemos, quién lo afirma, qué ha podido verificarse de manera independiente y qué continúa fuera del alcance de los observadores.


Tres niveles de verdad documental


En una guerra, la información forma parte del propio conflicto. Rusia realiza afirmaciones sobre sus operaciones; Ucrania realiza las suyas; cada gobierno posee incentivos políticos, militares y comunicativos que obligan a tratar sus declaraciones como afirmaciones atribuidas mientras no exista una comprobación independiente suficiente.


Naciones Unidas ocupa un plano diferente. Su misión de derechos humanos emplea procedimientos de verificación destinados a determinar qué víctimas pueden incorporarse a sus estadísticas. Esa exigencia metodológica produce una consecuencia que a veces se interpreta erróneamente: las cifras verificadas no tienen por qué equivaler al número total real de víctimas. En territorios a los que los observadores no poseen acceso suficiente, determinadas muertes o heridas pueden no quedar documentadas con el mismo estándar. Por eso la propia metodología obliga a considerar la posibilidad de infrarrecuento.


La incertidumbre, una vez más, no es una debilidad que deba ocultarse. Forma parte del dato.


Respecto del ataque de Pechenihy, las víctimas comunicadas el 18 de agosto proceden de autoridades ucranianas y fueron recogidas por Reuters; la investigación independiente de Naciones Unidas continuaba abierta. Presentarlas como plenamente verificadas por la ONU sería ir más allá de la evidencia disponible. Del mismo modo, una investigación pendiente no convierte automáticamente en falsa la versión ucraniana. Significa exactamente lo que significa: que el estándar independiente de verificación todavía no ha concluido.


Esta disciplina resulta indispensable en cualquier guerra y especialmente cuando el número de víctimas se emplea habitualmente para sostener argumentos políticos más amplios.


El alcance creciente de la guerra


El dato sobre las armas de largo alcance merece particular atención porque permite observar una característica del conflicto contemporáneo: la capacidad de producir efectos a gran distancia del punto desde el que se lanza un ataque. El 38 % de las bajas civiles verificadas por la misión durante julio estuvo relacionado con este tipo de armas.


Ese porcentaje no explica por sí solo por qué aumentó el número total de víctimas. La documentación disponible deja abiertas varias posibilidades: variaciones en el volumen de ataques, en su localización, en las capacidades de defensa aérea, en las tácticas utilizadas o una combinación de factores. Convertir una correlación mensual en una explicación causal definitiva sería precipitado.


Pero sí permite comprender que la protección de la población civil depende de un sistema cada vez más complejo. No basta con imaginar un frente delimitado geográficamente tras el cual existe una retaguardia enteramente separada de la guerra. La capacidad de alcanzar objetivos situados a gran distancia extiende la vulnerabilidad y convierte factores como la alerta, la defensa aérea, la ubicación de infraestructuras y la presencia de población civil en elementos cada vez más relevantes.


El problema humanitario no puede desvincularse de esa transformación tecnológica y operacional.


El derecho no desaparece cuando comienza la guerra


El derecho internacional humanitario parte de una premisa que puede formularse sin tecnicismos innecesarios: incluso en la guerra existen límites sobre cómo se ejerce la violencia.


Entre sus principios fundamentales se encuentra la obligación de distinguir entre población civil y objetivos militares. A ella se añaden las exigencias de proporcionalidad y de adopción de precauciones en los ataques. Estos principios no impiden toda muerte civil —una realidad jurídicamente y moralmente incómoda—, pero establecen restricciones sobre la elección de objetivos, medios y métodos de combate.


Aplicarlos a un episodio particular exige mucha más información de la que proporciona un balance inicial de víctimas. Saber que civiles han muerto no permite, por sí solo, concluir qué responsabilidad jurídica corresponde, qué información poseía quien realizó el ataque, cuál era el objetivo pretendido o qué precauciones se adoptaron. Un artículo periodístico no debe sustituir el trabajo de investigación necesario para responder a esas preguntas.


La función del derecho en este contexto tampoco consiste únicamente en castigar retrospectivamente. Sus normas pretenden condicionar la conducta durante las operaciones. La protección de civiles se juega, por tanto, antes de que exista una cifra que incorporar a un informe mensual.


Contar es también explicar los límites del recuento


Existe una tentación comprensible de utilizar las estadísticas de víctimas como una medida definitiva del horror. Pero los números pueden adquirir una apariencia de exactitud que oculte el complejo trabajo documental que los hace posibles.


«437 muertos» parece una afirmación cerrada. En realidad significa que la misión ha podido verificar 437 muertes civiles conforme a su metodología durante un período determinado. No significa necesariamente que ninguna otra persona haya muerto. «2.610 heridos» posee la misma limitación. La diferencia importa especialmente en zonas ocupadas o de acceso restringido.


La estadística seria no elimina la incertidumbre; la delimita.


De ahí que la evolución observada en julio deba preocupar precisamente sin ser exagerada. Un aumento del 30 % respecto del mes anterior y del 70 % interanual constituye una variación considerable en los datos verificados. Que julio haya registrado el mayor número mensual de civiles muertos desde mayo de 2022 merece atención. Pero explicar completamente ese deterioro requerirá más que comparar dos columnas de una tabla.


La población civil no es una nota al pie


Las guerras suelen narrarse mediante avances territoriales, ofensivas, armamento, negociaciones diplomáticas y objetivos estratégicos. Todo ello es necesario para comprenderlas. Sin embargo, una guerra también debe ser observada desde las consecuencias que produce sobre quienes no participan directamente en las hostilidades.


Las estadísticas de civiles constituyen una de esas medidas. No son la única, pero tampoco una variable secundaria que pueda relegarse al final del análisis militar.


Precisamente porque importan, merecen un tratamiento más exigente que el recuento emocional. Hay que distinguir afirmaciones nacionales de verificaciones independientes; reconocer los territorios donde no puede investigarse con la misma profundidad; separar una tendencia mensual de sus posibles causas; y evitar pronunciar responsabilidades jurídicas antes de disponer de los elementos necesarios.


Contar víctimas es un acto de conocimiento. Y todo conocimiento serio incluye sus propios límites.


En una guerra saturada de propaganda, imágenes e intereses contrapuestos, explicar qué sabemos es indispensable. Explicar qué todavía no podemos saber lo es igualmente.


Bibliografía


  • Office of the United Nations High Commissioner for Human Rights / Human Rights Monitoring Mission in Ukraine, Protection of Civilians in Armed Conflict — July 2026.

  • Naciones Unidas en Ucrania, documentación sobre víctimas civiles verificadas y limitaciones metodológicas.

  • Reuters, 18 de agosto de 2026, información sobre el ataque en Pechenihy y declaraciones de las autoridades ucranianas.


Lecturas recomendadas


  • Informe mensual de OHCHR/HRMMU sobre protección de civiles en Ucrania correspondiente a julio de 2026.

  • Documentación metodológica de Naciones Unidas sobre verificación de víctimas civiles.

  • Material introductorio sobre los principios de distinción, proporcionalidad y precaución en el derecho internacional humanitario.

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