top of page

Ortega antes de «yo soy yo y mi circunstancia»: España como problema filosófico

hace 1 hora
7 min de lectura

Del proyecto de modernizar un país al descubrimiento de que ninguna vida puede pensarse separada del mundo que le ha tocado vivir

Retrato del filósofo español José Ortega y Gasset, autor de Meditaciones del Quijote y de la frase «yo soy yo y mi circunstancia».

Antes de que José Ortega y Gasset escribiera la frase por la que acabaría siendo reconocido mucho más allá de los círculos filosóficos, hubo un problema que ocupó persistentemente sus primeros años de actividad intelectual: España. No España entendida únicamente como objeto de disputa partidista, ni como materia sentimental sobre la que formular adhesiones patrióticas, sino como una realidad histórica cuya insuficiencia cultural, educativa y política exigía ser comprendida. La filosofía del joven Ortega nació, en una medida importante, de esa necesidad de comprensión.


Por eso resulta engañoso comenzar su itinerario en 1914 y presentar «yo soy yo y mi circunstancia» como la iluminación súbita de un pensador que hubiese descubierto de pronto la influencia del entorno sobre el individuo. Antes de la circunstancia están sus años alemanes, su formación neokantiana, su preocupación por la ciencia y la cultura, su reflexión sobre el liberalismo, su concepción de la pedagogía como problema político y su impaciencia ante lo que juzgaba una vida pública española incapaz de producir una renovación suficientemente profunda. Solo cuando se reconstruye ese recorrido se advierte que la circunstancia no es una ocurrencia: es una respuesta filosófica a un problema que Ortega llevaba años intentando formular.


España antes de la circunstancia


Entre 1905 y 1911, los viajes de formación de Ortega a Alemania resultaron decisivos para su desarrollo intelectual. Allí entró en contacto con el neokantismo y con un ambiente universitario que, a sus ojos, representaba una disciplina científica y cultural de la que España carecía en grado suficiente. Europa aparecía así en sus primeros escritos como una referencia de modernización, pero sería demasiado simple interpretar esa europeización como un programa de copia institucional o de imitación de las costumbres extranjeras. Lo que Ortega buscaba era una transformación más profunda: elevar la capacidad intelectual de la sociedad española.


Esta preocupación permite entender mejor un texto temprano como «La reforma liberal», de 1908. El liberalismo que interesa al joven Ortega no constituye todavía una doctrina definitivamente fijada, y sería impropio proyectar sobre aquellos años todas las posiciones políticas y filosóficas que desarrollaría después. Lo relevante es advertir que la reforma política no se le presenta como una cuestión aislada del problema cultural. El funcionamiento de las instituciones, la calidad de la vida pública y la formación de los ciudadanos pertenecen a una misma crisis.


De ahí que el problema de España sea también, desde muy pronto, un problema de cultura. Una nación no puede renovarse exclusivamente mediante decretos, cambios de gobierno o reformas administrativas si los individuos y grupos que la componen continúan operando dentro del mismo horizonte intelectual. Esta convicción explica el paso que conduce a Ortega desde la discusión política hacia la pedagogía.


Cuando educar se convierte en política


En «La pedagogía social como programa político», de 1910, el joven Ortega lleva esta intuición mucho más lejos. La educación deja de aparecer como un sector especializado de la administración para convertirse en uno de los fundamentos de la vida colectiva. Transformar una nación significa, antes que nada, intervenir sobre las condiciones culturales que hacen posible una determinada sociedad.


Conviene preservar aquí la distancia histórica. El Ortega de 1910 todavía no es el filósofo de la razón vital plenamente desarrollada durante la década siguiente, ni pueden identificarse sin más sus elementos regeneracionistas, sus aproximaciones al socialismo ético, su liberalismo juvenil y su pensamiento posterior. Lo que ya se percibe, sin embargo, es una constante: el ser humano no aparece como una entidad abstracta cuya formación pueda separarse del mundo social en el que vive.


La política posee entonces una dimensión pedagógica porque una sociedad depende, en parte, de los tipos humanos que produce, de las aspiraciones que transmite y del nivel de exigencia intelectual que es capaz de sostener. Ortega no se limita a preguntar quién gobierna España; pregunta qué clase de sociedad puede hacer posibles instituciones distintas.


Ese desplazamiento es fundamental. Si el problema político remite a la educación, y la educación remite a la cultura, comienza a resultar insuficiente pensar al individuo como una conciencia aislada. El problema español obliga poco a poco a ampliar la pregunta: ¿qué relación existe entre una persona y el mundo histórico que la rodea?


Una España oficial y otra que pretende nacer


El año 1914 constituye un momento decisivo. En Vieja y nueva política, Ortega contrapone la que denomina «España oficial» a una «España vital». No debe confundirse esta oposición con una descripción neutral e incontrovertible de la España de la Restauración. Es el diagnóstico político de Ortega, elaborado desde su propia posición generacional e intelectual.


La «España oficial» designa, en ese marco, un conjunto de instituciones, prácticas y grupos dirigentes que Ortega considera agotados o insuficientes para representar las energías efectivamente existentes en la sociedad. Frente a ella, la «España vital» apunta hacia fuerzas sociales y culturales que, según su diagnóstico, todavía no habían encontrado una expresión política adecuada.


Importa la estructura del razonamiento más que la terminología. Ortega no cree que la renovación pueda consistir únicamente en reemplazar unas personas por otras dentro de instituciones que permanecen intelectualmente intactas. La nueva política que reclama necesita una nueva relación entre sociedad, cultura y Estado. Y ese énfasis ayuda a comprender por qué el problema de España acabaría desbordando el campo estrictamente político.


También aquí hay que resistir una tentación retrospectiva. España invertebrada, obra posterior, desarrollará de otra manera el problema de la articulación nacional, los particularismos y la relación entre minorías y masas. No debe utilizarse ese libro para atribuir al Ortega de 1910 o 1914 un sistema ya completamente formado. Su pensamiento se encuentra todavía en movimiento.


Precisamente ese movimiento desemboca, el mismo año de Vieja y nueva política, en una obra de naturaleza diferente.


1914: la circunstancia entra en la filosofía


En Meditaciones del Quijote, primer libro publicado por Ortega, el problema adquiere una dimensión propiamente filosófica. España continúa presente —Cervantes, el paisaje, la cultura española y el problema de su regeneración forman parte del horizonte del libro—, pero la cuestión ya no puede reducirse a la reforma de un país. Ortega comienza a preguntarse por la relación misma entre el sujeto y aquello que lo rodea.


De ahí surge la fórmula célebre: «yo soy yo y mi circunstancia». Pero amputarla de su continuación intelectual equivale a desactivarla. Ortega no está diciendo simplemente que el entorno «influya» sobre nosotros, como podrían hacerlo el clima, la familia o una situación económica. La tesis es mucho más fuerte: la vida humana aparece siempre entrelazada con un mundo concreto, hasta el punto de que no podemos comprender plenamente al yo separándolo de las cosas, problemas, posibilidades y limitaciones entre las que tiene que vivir.


La circunstancia no es un decorado.


Tampoco es una cárcel.


En Meditaciones del Quijote, salvar las cosas cercanas, comprenderlas y encontrar su sentido forma parte de la tarea de salvar la propia vida. El individuo recibe una realidad que no ha elegido enteramente, pero debe hacerse cargo de ella. La circunstancia condiciona el campo en el que la existencia se despliega; no elimina por ello la capacidad humana de responder.


Esta concepción permite comprender por qué el problema español resultó filosóficamente fértil para Ortega. España fue una circunstancia concreta antes de que «circunstancia» se convirtiese en concepto. La experiencia de un país que el joven filósofo consideraba necesitado de renovación le obligó a pensar la relación entre individuo, cultura, sociedad e historia. Lo que inicialmente se formulaba como pregunta política —¿cómo modernizar España?— terminó conduciendo hacia una cuestión mucho más radical: ¿qué significa vivir dentro de un mundo que nos precede y que, sin embargo, exige nuestra intervención?


Así se entiende mejor la distancia entre el primer Ortega europeizante y el autor de Meditaciones del Quijote. No se trata de que abandone súbitamente su preocupación por España, sino de que el problema adquiere profundidad. Europeizar ya no puede significar únicamente importar instituciones o disciplinas intelectuales; pensar España exige atender a la realidad concreta española, a su cultura y a aquello que la singulariza. La transformación no se produce huyendo de la circunstancia, sino entrando intelectualmente en ella.


De España al problema del conocimiento


La importancia de 1914 reside, por tanto, en una ampliación de escala. La reflexión política, pedagógica y cultural del joven Ortega desemboca en una filosofía en la que el ser humano está constitutivamente situado. No existe primero un individuo completamente formado y después un entorno que actúa sobre él. Existe una vida que acontece siempre entre cosas, personas, tradiciones, problemas y posibilidades.


A partir de ahí aparece una dificultad que no puede resolverse dentro de Meditaciones del Quijote. Si cada ser humano está situado en una determinada circunstancia, también su conocimiento del mundo estará situado. Nadie mira la realidad desde una posición absolutamente exterior a la vida.


Y entonces surge la pregunta inevitable: si conocemos desde lugares históricos, biográficos y vitales diferentes, ¿queda alguna verdad que pueda ser común?


El siguiente paso del pensamiento de Ortega consistirá precisamente en demostrar que la perspectiva no tiene por qué desembocar en relativismo.


Bibliografía

  • José Ortega y Gasset, Obras completas, edición crítica, Taurus / Fundación José Ortega y Gasset–Gregorio Marañón, 10 vols.José Ortega y Gasset, «La reforma liberal» (1908).

  • José Ortega y Gasset, «La pedagogía social como programa político» (1910).

  • José Ortega y Gasset, Vieja y nueva política (1914).

  • José Ortega y Gasset, Meditaciones del Quijote (1914).

  • Fundación José Ortega y Gasset–Gregorio Marañón, semblanza y cronología intelectual de José Ortega y Gasset, con estudio de Javier Zamora Bonilla.Fundación Ortega-Marañón, Guía de lectura de Meditaciones del Quijote.

  • Luis Bautista Boned, «La pedagogía social como programa político. Definiendo la subjetividad contenida del joven Ortega», Revista de Estudios Orteguianos, n.º 44, 2022.

  • José Francisco Jiménez-Díaz, «La nueva política y la cuestión militar en los escritos orteguianos hacia 1917», Revista de Estudios Orteguianos, n.º 49.

  • Azucena López Cobo, «Meditaciones del Quijote (1905-1914)», Revista de Estudios Orteguianos, n.º 29.

Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
bottom of page