Todos hablan de libertad, pero no todos quieren decir lo mismo
Dos personas pueden contemplar una misma norma y sostener, sin cometer necesariamente una contradicción lógica, que aumenta y disminuye la libertad al mismo tiempo. El desacuerdo puede no comenzar en la medida discutida, sino mucho antes: en el significado de la palabra que ambas utilizan.

Pocas palabras poseen en la conversación política contemporánea una autoridad comparable a «libertad». Gobiernos y oposiciones la invocan; movimientos de signos incompatibles dicen defenderla; ciudadanos enfrentados creen reconocer en ella una aspiración común. Y, sin embargo, cuanto mayor es el consenso retórico sobre su valor, más fácil resulta olvidar que no existe un acuerdo equivalente sobre aquello que la libertad significa.
Una persona puede considerar que una intervención pública restringe la libertad porque reduce el espacio de elección individual. Otra puede defender que esa misma intervención la aumenta si impide que alguien quede sometido a la voluntad arbitraria de otro. Una tercera puede preguntar si existe verdadera libertad allí donde el individuo carece de capacidad efectiva para gobernar su propia vida. Y una cuarta recordará que la libertad política no se agota en aquello que nadie nos impide hacer en privado, porque también puede consistir en participar, aparecer ante otros y actuar en un espacio común.
No es imprescindible que alguna de ellas esté utilizando fraudulentamente el lenguaje. Es posible que estén hablando de cosas distintas.
La Bienal de Pensamiento de Barcelona, celebrada entre el 13 y el 18 de octubre de 2026 bajo el lema Desencadenar el presente, ofrece una ocasión particularmente adecuada para volver sobre este problema. Su programación incorpora de manera explícita discusiones sobre democracia, ciudad, solidaridad, neoliberalismo, autoritarismo, trabajo y libertad, e incluye un encuentro entre Wendy Brown y Fina Birulés dedicado precisamente a preguntar qué no es la libertad. Pero la importancia filosófica de la cuestión excede la propia Bienal. El acontecimiento proporciona el detonante; el problema lleva siglos acompañando a la filosofía política.
Ser libre porque nadie interfiere
La concepción más intuitiva para buena parte de la tradición liberal entiende la libertad a partir de un espacio protegido contra la interferencia ajena. Ser libre significa, en este sentido, disponer de un ámbito dentro del cual otros —y especialmente el poder político— no puedan coaccionarnos arbitrariamente.
Isaiah Berlin convirtió en 1958 la distinción entre libertad negativa y positiva en uno de los mapas conceptuales más influyentes del pensamiento político contemporáneo. La libertad negativa dirige la mirada hacia los obstáculos que proceden de otros: hasta dónde puede actuar una persona sin que otra voluntad le impida hacerlo.
La tradición, sin embargo, es anterior a Berlin y tampoco constituye una doctrina uniforme. En Locke aparecen estrechamente conectados libertad, derechos y límites al poder. En John Stuart Mill adquiere una importancia decisiva la protección de una esfera individual frente a la coerción política y social. Friedrich Hayek, desde una elaboración propia, sitúa el problema de la coerción y de la sujeción a la voluntad arbitraria de otros en el centro de su concepto de libertad.
Agruparlos bajo la rúbrica del liberalismo puede ser útil para orientarse, pero sería un error convertirlos en un solo autor colectivo. Sus fundamentos, preocupaciones y formulaciones no son idénticos.
La pregunta característica de esta familia de concepciones podría formularse así: ¿qué espacio debe permanecer fuera del alcance de la coacción ajena?
Su fuerza reside en que recuerda una intuición elemental de cualquier sociedad libre: existe una diferencia moral y política entre elegir y obedecer bajo amenaza. Su dificultad comienza cuando intentamos determinar qué debe contar exactamente como interferencia, qué interferencias pueden justificarse y si basta la ausencia de obstáculos para describir todas las formas relevantes de libertad.
Ser libre para gobernar la propia vida
La denominada libertad positiva desplaza el interrogante. Ya no pregunta únicamente quién me impide actuar, sino hasta qué punto soy autor de mi propia existencia. La libertad aparece entonces vinculada a la autodirección: ser capaz de orientar la vida conforme a fines reconocidos como propios.
La distinción resulta poderosa porque revela que ausencia de interferencia y capacidad de autodirección no son necesariamente lo mismo. Una persona puede encontrar muy pocos obstáculos externos y, sin embargo, carecer de un dominio significativo sobre las decisiones que estructuran su existencia. También puede suceder lo contrario: determinadas reglas colectivas pueden restringir elecciones concretas y ser defendidas, por quienes adoptan otra concepción, precisamente porque hacen posible una autonomía más sustantiva.
Berlin formuló una advertencia célebre frente a una posible degeneración de este lenguaje. Si alguien afirma conocer el «verdadero» interés o la voluntad racional de otra persona, la idea de liberarla puede convertirse paradójicamente en una justificación para obligarla. La historia intelectual de la libertad positiva no puede reducirse, sin embargo, a ese peligro. Identificar cualquier referencia a la autodirección con autoritarismo sería tan caricaturesco como sostener que cualquier defensa de la no-interferencia exige indiferencia frente a todas las relaciones de poder.
El problema genuino aparece en la frontera: ¿cuándo ayudar a que una persona pueda gobernarse amplía su libertad y cuándo supone gobernarla en nombre de una idea externa de lo que debería querer?
La libertad del que no necesita pedir permiso
El republicanismo contemporáneo, particularmente en la obra de Philip Pettit, introduce una objeción diferente: puede existir falta de libertad incluso cuando nadie está interfiriendo en este preciso instante.
Imaginemos una relación en la que una persona depende de otra que posee capacidad para intervenir arbitrariamente en su vida, aunque decida no hacerlo. La ausencia efectiva de interferencia no elimina la dependencia. Quien sabe que conserva su margen de acción solamente mientras el poderoso quiera permitírselo ocupa una posición distinta de quien posee garantías contra ese poder.
De ahí la formulación de la libertad como no dominación.
La diferencia no es puramente semántica. Modifica aquello que debemos buscar cuando examinamos una institución. Si la libertad consiste solo en ausencia de interferencia, una autoridad que pudiendo intervenir se abstiene puede dejar intacta la libertad. Si consiste en no estar sometido a un poder arbitrario, importa también la estructura de la relación, los controles existentes y la posibilidad de impugnar las decisiones.
Una parte apreciable de los desacuerdos políticos contemporáneos se vuelve más comprensible cuando se reconoce esta diferencia. Algunas personas miran principalmente las intervenciones efectivamente realizadas; otras miran la capacidad de dominación que permanece aunque esa capacidad todavía no haya sido ejercida.
Arendt: la libertad que aparece entre otros
Hannah Arendt obliga a desplazar de nuevo la mirada. La libertad política no se entiende adecuadamente si la reducimos a una zona privada donde nadie interfiere ni si la confundimos sin más con una capacidad interior de autodominio. Existe también libertad en la acción pública, en la posibilidad de comenzar algo, aparecer ante otros y actuar en un mundo compartido.
Esto introduce una dimensión que una discusión exclusivamente centrada en restricciones individuales puede pasar por alto. Una sociedad podría preservar extensos ámbitos privados y, sin embargo, empobrecer los espacios en los que los ciudadanos actúan políticamente unos con otros. Desde una perspectiva arendtiana, preguntar por la libertad de una ciudad obliga también a observar qué posibilidades ofrece para la acción pública y la pluralidad.
Fina Birulés ha trabajado precisamente sobre la relación entre libertad política y pensamiento arendtiano. Ello convierte el debate contemporáneo en una ocasión apropiada para recuperar esta dimensión sin necesidad de atribuir a Arendt juicios sobre una Barcelona que no conoció ni pudo conocer.
Los autores del pasado no necesitan convertirse en comentaristas póstumos de la actualidad para seguir siendo útiles. Basta con que sus categorías nos permitan formular mejores preguntas.
Tocqueville y el espacio entre el individuo y el Estado
Alexis de Tocqueville añadió a esta conversación una observación particularmente fecunda para pensar la ciudad contemporánea: una sociedad libre no está formada únicamente por individuos frente a un poder central. Entre ambos existe —o puede existir— una trama de asociaciones voluntarias.
Estas asociaciones enseñan cooperación, articulan intereses, permiten emprender acciones colectivas y reducen la impotencia que puede experimentar el individuo aislado frente a grandes concentraciones de poder. La sociedad civil ocupa así un terreno que no se confunde enteramente ni con el mercado ni con el Estado.
Esta idea complica nuevamente cualquier definición demasiado plana de libertad. Una persona formalmente no interferida pero socialmente aislada puede disponer de derechos y, sin embargo, poseer escasa capacidad para actuar colectivamente. Al mismo tiempo, tampoco las asociaciones están libres de ejercer presiones y coerciones sociales. Mill, precisamente, advirtió que la amenaza para la individualidad no procedía solo de los gobiernos.
La libertad vuelve a aparecer como un problema de equilibrios antes que como una palabra capaz de resolver por sí sola una discusión.
La crítica de Wendy Brown
En Undoing the Demos, Wendy Brown propone una crítica específica de la racionalidad neoliberal: sostiene que categorías propias de la economía y del capital humano pueden extenderse a dimensiones de la vida que anteriormente se comprendían mediante lenguajes políticos y democráticos diferentes, modificando con ello la manera de concebir al ciudadano y a las instituciones.
La tesis es intelectualmente relevante, pero debe ser presentada por lo que es: una teoría crítica concreta, no una descripción universal demostrada de toda economía de mercado ni una definición neutral del neoliberalismo. La propia Bienal plantea parte de su programación desde marcos conceptuales determinados, y la función de un espacio de pensamiento no debería consistir en convertir esos marcos en premisas indiscutibles, sino en hacerlos visibles y someterlos al mismo examen que cualquier otro.
La pregunta de Brown, en todo caso, añade otra posibilidad al mapa: quizá una persona pueda conservar formalmente numerosos derechos de elección y, sin embargo, participar en instituciones cuya propia concepción de la ciudadanía haya cambiado de naturaleza. Quien acepte esa tesis verá un problema de libertad allí donde otros verán únicamente decisiones económicas. Quien la rechace deberá explicar por qué la expansión de las relaciones de mercado no supone esa transformación.
El desacuerdo, una vez más, comienza en las categorías.
El error de discutir después de haber ocultado las premisas
Muchas controversias políticas se presentan como si las partes compartieran un objetivo y discreparan únicamente sobre los medios. En ocasiones es cierto. En otras, el conflicto está situado en un nivel anterior.
Quien concibe la libertad fundamentalmente como ausencia de coerción tenderá a desconfiar de intervenciones que reduzcan la elección individual, incluso cuando persigan aumentar capacidades materiales. Quien la conciba como no dominación preguntará en cambio si esas intervenciones someten al ciudadano a arbitrariedad o lo protegen de ella. Quien adopte una visión centrada en la autodirección observará si las condiciones existentes permiten a la persona gobernar realmente su vida. Y quien siga la intuición arendtiana preguntará además qué espacios existen para actuar políticamente con otros.
Esto no significa que cada teoría conduzca mecánicamente a una política concreta. Tampoco que sean compartimentos incomunicables. En numerosas instituciones pueden converger por razones diferentes. Un límite jurídico al poder puede proteger simultáneamente contra la interferencia y contra la dominación; una asociación voluntaria puede aumentar la capacidad de acción sin necesidad de imponer una concepción sustantiva de la buena vida.
Pero distinguir los conceptos evita una clase particularmente estéril de debate: aquel en que dos interlocutores utilizan la misma palabra como si compartieran su significado y después interpretan la conclusión distinta del contrario como prueba de incoherencia o mala fe.
Aprender a preguntar antes de escoger una respuesta
No existe necesidad alguna de proclamar una teoría vencedora para reconocer el valor de esta distinción. La tradición liberal recuerda la importancia de proteger esferas de acción frente a la coerción; las concepciones de autodirección preguntan si basta con que nadie cierre una puerta cuando una persona carece de capacidad para escoger su propio camino; el republicanismo obliga a observar la dependencia respecto de voluntades arbitrarias; Arendt devuelve a la libertad su dimensión pública; Tocqueville recuerda que entre el individuo y el Estado existe un mundo asociativo cuya vitalidad también modifica las condiciones de una sociedad libre.
Las diferencias no desaparecen al nombrarlas. Se vuelven, al menos, intelectualmente visibles.
Y eso importa porque buena parte del debate público comienza demasiado tarde: discute impuestos, regulaciones, derechos, empresas, servicios o instituciones sin detenerse a examinar qué idea de libertad está operando bajo cada argumento. Cuando ese presupuesto permanece oculto, el adversario parece simplemente absurdo. Cuando se hace explícito, puede aparecer una disputa filosófica auténtica.
Muchos debates contemporáneos sobre libertad son insolubles mientras no aclaremos primero qué entendemos por ser libres y qué clase de poder consideramos una amenaza para esa libertad.
La pregunta que queda entonces no es menor: cuando dos personas dicen defender la libertad, ¿están defendiendo necesariamente la misma cosa?
Bibliografía
Locke, John, Second Treatise of Government.
Tocqueville, Alexis de, Democracy in America.
Mill, John Stuart, On Liberty.
Berlin, Isaiah, Two Concepts of Liberty.
Hayek, Friedrich A., The Constitution of Liberty.
Arendt, Hannah, “What Is Freedom?”, en Between Past and Future; The Human Condition; On Revolution.
Pettit, Philip, Republicanism; On the People’s Terms.
Brown, Wendy, Undoing the Demos.
Birulés, Fina, y Llevadot, Laura, Hannah Arendt: Libertad política y totalitarismo.
Stanford Encyclopedia of Philosophy, trabajos de referencia sobre libertad positiva, libertad negativa y republicanismo.
Bienal de Pensamiento de Barcelona 2026, programa oficial.



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