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El poder sin divisiones acorazadas

  • hace 1 día
  • 4 min de lectura

La visita de Paul Richard Gallagher a Moscú recuerda una anomalía de las relaciones internacionales: la Santa Sede posee una capacidad diplomática considerable sin disponer del poder coercitivo que suele asociarse a los Estados


El arzobispo Paul Richard Gallagher, secretario vaticano para las Relaciones con los Estados, inició el 24 de agosto una visita a Moscú. El día 25 mantuvo una reunión con el ministro ruso de Exteriores, Serguéi Lavrov, y su agenda incluía además un encuentro con Yuri Ushakov, asesor de política exterior del presidente ruso. Se trata de la primera visita de este nivel desde 2021. La Santa Sede ha reiterado durante estos contactos su posición favorable al fin de la guerra en Ucrania. Más allá de eso, conviene evitar atribuir a las conversaciones resultados que todavía no existen: no está acreditada una mediación formal, ni una negociación de paz concreta, ni puede deducirse de estas reuniones un cambio de posición de Moscú o del Vaticano.


El acontecimiento resulta, sin embargo, especialmente útil para observar una singularidad histórica. Cuando se habla de poder internacional, la imaginación política se dirige casi automáticamente hacia ejércitos, capacidad industrial, sanciones económicas, recursos naturales o control financiero. La Santa Sede apenas participa de esas formas de coerción y, pese a ello, mantiene una presencia diplomática global y conserva acceso a gobiernos enfrentados entre sí. ¿De dónde procede entonces su influencia?


La primera respuesta se encuentra en la continuidad institucional. En un sistema internacional sometido a cambios de gobierno, revoluciones, guerras y transformaciones ideológicas, la diplomacia vaticana se beneficia de una memoria institucional excepcionalmente larga. Su relación con otros Estados no depende únicamente del ciclo electoral de una administración concreta, y esa permanencia permite acumular contactos, conocimiento y experiencia que exceden con mucho la duración de cualquier gobierno.


Acceso, información y legitimidad


La segunda fuente de influencia es la red. La Iglesia católica posee comunidades, instituciones religiosas y estructuras humanitarias distribuidas por numerosos países. Esa presencia no equivale a poder estatal, pero proporciona algo extraordinariamente valioso para la diplomacia: información territorial, relaciones sociales y una capacidad de contacto que no siempre coincide con los canales oficiales.


En determinadas circunstancias, las redes religiosas y humanitarias pueden asimismo crear espacios de interlocución allí donde la confianza política es escasa. Esto no convierte automáticamente a la Santa Sede en mediador ni garantiza que las partes acepten su intervención. La mediación es una función concreta que exige condiciones específicas; la capacidad de mantener conversaciones es algo distinto. Confundir ambas categorías conduciría a exagerar el significado de cualquier encuentro diplomático.


También debe distinguirse entre autoridad e imposición. La Santa Sede puede formular llamamientos morales, utilizar su autoridad religiosa ante determinadas comunidades o apelar a principios humanitarios, pero carece de los instrumentos coercitivos característicos de una gran potencia. No puede obligar militarmente a un gobierno a modificar su conducta ni dispone de una capacidad económica comparable a la de los principales Estados. Su influencia depende, en buena medida, de que otros actores consideren útil escucharla, mantener abierto el canal o preservar una determinada relación.


Esa dependencia podría parecer una debilidad; en ciertos contextos constituye precisamente su singularidad. Un actor que no amenaza con ocupar territorio ni controlar rutas comerciales puede resultar aceptable como interlocutor allí donde una gran potencia despertaría inmediatamente sospechas estratégicas. Pero esa ventaja tiene límites evidentes: acceso no significa capacidad de producir resultados, y autoridad moral no equivale a poder ejecutivo.


Roma y Moscú: una relación con demasiada historia


La relación entre Roma y el mundo cristiano oriental introduce además una profundidad histórica que desaconseja interpretar la visita exclusivamente a través de la coyuntura ucraniana. Las relaciones entre catolicismo y ortodoxia han estado condicionadas durante siglos por diferencias doctrinales, jurisdiccionales, culturales y políticas. En el caso ruso, la dimensión religiosa se entrecruza inevitablemente con la historia del Estado, la identidad nacional y el papel del Patriarcado de Moscú.


La agenda de Gallagher incluye precisamente esa pluralidad de planos: relaciones entre la Santa Sede y la Federación Rusa, interlocución política y dimensión eclesial.  Comprender esa complejidad ayuda a evitar dos errores frecuentes. El primero consiste en reducir toda acción vaticana a una operación geopolítica equivalente a la de cualquier cancillería. El segundo, en sentido contrario, consiste en imaginar que una institución religiosa actúa al margen de la realidad política. La diplomacia de la Santa Sede habita exactamente en la intersección de ambos mundos.


Su capacidad internacional nace de una combinación poco común: estatuto diplomático, autoridad espiritual, continuidad histórica, redes transnacionales y experiencia institucional. Cada componente tiene un alcance diferente y ninguno garantiza resultados. Juntos, sin embargo, producen una forma de presencia internacional que no puede explicarse mediante las categorías habituales del poder militar.


La influencia no siempre obliga


La visita a Moscú será relevante si permite mantener abiertos determinados canales, clarificar posiciones o facilitar interlocuciones que de otro modo resultarían más difíciles. Pero hoy no existe fundamento para asegurar que vaya a desembocar en una mediación concreta, un intercambio humanitario específico o un cambio político determinado. Esas posibilidades permanecen abiertas y deben seguir tratándose como tales.


Precisamente esa incertidumbre permite comprender mejor la naturaleza del poder vaticano. Su influencia no consiste fundamentalmente en obligar, sino en estar presente, ser recibido, transmitir mensajes y conservar relaciones incluso en escenarios donde otros actores encuentran mayores obstáculos. En política internacional, esas capacidades pueden parecer modestas frente a un ejército o un sistema de sanciones; a largo plazo, sin embargo, forman parte de la arquitectura mediante la cual los Estados y las instituciones gestionan conflictos, intercambian información y mantienen posibilidades de acuerdo.


La Santa Sede constituye por ello una excepción útil para pensar el poder más allá de la coerción. No todo poder adopta la forma de una amenaza. Existe también una influencia construida mediante legitimidad, continuidad, información, acceso y autoridad. Ninguno de estos recursos sustituye a la fuerza cuando la fuerza decide imponerse, pero todos ayudan a explicar por qué una institución prácticamente desarmada continúa sentándose, siglo tras siglo, en mesas donde se discuten cuestiones de guerra, paz y orden internacional.


Bibliografía


  • Vatican News, información institucional sobre la visita del arzobispo Paul Richard Gallagher a Rusia, agosto de 2026.

  • Reuters, cobertura independiente de la reunión entre Gallagher y Serguéi Lavrov y de la posición expresada por la Santa Sede respecto de la guerra en Ucrania.


Lecturas recomendadas


  • La información institucional completa de Vatican News sobre la agenda de Gallagher en Moscú, útil para conocer participantes y posición oficial.

  • Estudios históricos sobre las relaciones entre Roma, la Iglesia ortodoxa rusa y el Estado ruso, necesarios para situar la diplomacia contemporánea dentro de una relación mucho más antigua que la crisis actual.

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