Yemen: cuando una guerra contenida amenaza con volver a abrirse
- 14 ago
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Naciones Unidas advierte del mayor riesgo de retorno a una guerra de gran escala desde la tregua de 2022. La amenaza comienza en un país devastado, pero la geografía de Bab el-Mandeb puede proyectar sus consecuencias mucho más allá
Yemen no ha regresado, al menos no todavía, a la guerra de gran escala que marcó los años anteriores a la tregua de 2022. Precisamente por eso resulta importante formular con exactitud la advertencia que Naciones Unidas trasladó el 13 de agosto de 2026 al Consejo de Seguridad: el país afronta el mayor riesgo de retorno a un conflicto de esa magnitud desde aquella tregua. La diferencia entre ambas afirmaciones no es una sutileza diplomática. Distingue un peligro creciente de un hecho consumado y permite comprender la naturaleza de la coyuntura actual sin convertir el análisis de riesgos en una profecía.
La nueva escalada reúne dos dimensiones que rara vez pueden separarse en Yemen. Por una parte se encuentran los combates y el deterioro interno de una contención que redujo la intensidad del conflicto sin resolver sus causas. Por otra, los ataques contra la navegación comercial vuelven a situar el estrecho de Bab el-Mandeb en el centro de la preocupación internacional. Un ataque mortal contra el carguero Tihamah ha recordado en términos particularmente crudos que una guerra civil librada en uno de los países más pobres de la región puede alcanzar, mediante la geografía, a rutas que conectan economías situadas a miles de kilómetros.
Pero reducir Yemen a un problema de barcos sería cometer el error inverso. Más de la mitad de la población se encuentra en situación de inseguridad alimentaria aguda y aproximadamente seis millones de personas se aproximan a condiciones de hambruna, de acuerdo con la información humanitaria trasladada al Consejo de Seguridad. Antes que un riesgo para el comercio mundial, el deterioro es una amenaza para los propios yemeníes. Solo después puede entenderse por qué sus repercusiones desbordan las fronteras del país.
Una tregua puede detener la escalada sin resolver la guerra
La situación posterior a 2022 ofrece una lección sobre la diferencia entre pacificación y paz. Una reducción sostenida de la violencia puede modificar profundamente la vida cotidiana, rebajar el número de enfrentamientos y abrir espacios para la negociación sin resolver, por ello, las disputas políticas, territoriales y militares que hicieron posible la guerra. Yemen ha vivido precisamente bajo esa clase de equilibrio inacabado: un conflicto contenido cuya arquitectura subyacente continúa siendo frágil.
Los hutíes siguen constituyendo uno de los actores decisivos del escenario yemení; frente a ellos permanece el Gobierno reconocido internacionalmente y un conjunto más amplio de intereses y alianzas que durante años han entrelazado la dimensión interna del conflicto con las rivalidades de la península Arábiga. Arabia Saudí ocupa necesariamente un lugar central en esa ecuación regional. Pero el presente no debe interpretarse como una simple continuación mecánica de las fases anteriores de la guerra. Las treguas, negociaciones, recomposiciones de fuerzas y cambios en el contexto regional alteran los incentivos de los contendientes. Una guerra civil prolongada no permanece inmóvil durante sus períodos de menor intensidad.
El peligro señalado ahora por Naciones Unidas radica precisamente en que ese equilibrio puede deteriorarse. Nuevos combates terrestres y ataques marítimos elevan el coste de la contención y multiplican las posibilidades de error de cálculo. Sin embargo, ninguna de esas señales permite afirmar que el regreso a una guerra total sea inevitable. Entre la estabilidad y la guerra abierta existe una amplia zona de escaladas parciales, represalias, demostraciones de fuerza y negociaciones fallidas. Yemen vuelve a internarse peligrosamente en ella.
Esa cautela debe extenderse igualmente a las reivindicaciones concretas sobre objetivos marítimos. En un conflicto donde los actores poseen incentivos evidentes para presentar sus operaciones bajo determinados marcos políticos o militares, una atribución no verificada independientemente no debe transformarse mediante repetición en hecho establecido. Para comprender la importancia de los ataques contra la navegación basta con aquello que sí está corroborado: la navegación comercial vuelve a sufrir violencia mortal en una de las zonas marítimas estratégicamente más sensibles del planeta.
Bab el-Mandeb: la desproporción estratégica de un estrecho
La geografía explica por qué Yemen posee una relevancia económica que su tamaño productivo no permitiría anticipar. Bab el-Mandeb separa la península Arábiga del Cuerno de África y constituye la puerta meridional del Mar Rojo. Quien navega entre el océano Índico y el Mediterráneo a través del canal de Suez debe atravesar ese corredor. Su importancia no procede, por tanto, de la superficie que ocupa, sino de la cantidad de trayectorias que convergen en él.
Los grandes sistemas comerciales están llenos de estas desproporciones. Una economía mundial distribuida entre continentes necesita concentrar inevitablemente parte de sus flujos en puertos, estrechos, canales y corredores que no pueden sustituirse sin coste. Una ruta marítima puede disponer de alternativas físicas y, sin embargo, carecer de alternativas económicamente equivalentes. Desviarse significa recorrer una distancia mayor, emplear más tiempo, consumir más combustible, reorganizar itinerarios y someter buques y mercancías a estructuras diferentes de seguro y planificación.
Por ello, cuando aumenta el riesgo en Bab el-Mandeb, el problema no afecta solamente a las embarcaciones atacadas. Los participantes en el comercio reaccionan también ante la probabilidad de futuros incidentes. Las navieras reconsideran rutas; las aseguradoras recalculan riesgos; los cargadores incorporan posibles retrasos; las empresas que dependen de cadenas logísticas internacionales examinan la fiabilidad de sus suministros. No es necesario que el estrecho llegue a cerrarse para que aparezcan consecuencias económicas. Basta con que atravesarlo resulte suficientemente incierto o costoso para modificar decisiones.
Pero tampoco debe deducirse de este mecanismo que una nueva crisis comercial o energética sea inevitable. La magnitud de cualquier impacto depende de la duración de la inseguridad, de su intensidad, de la respuesta de las compañías marítimas, de la capacidad para mantener abiertas las rutas y de las condiciones generales del transporte y de la energía. Sin evidencia cuantitativa adicional, lo responsable es explicar el mecanismo, no atribuirle de antemano una cifra.
De la guerra civil a la economía mundial
Esta conexión entre conflicto local y comercio internacional revela una característica esencial de la globalización: cuanto más extensa es una red, mayor puede ser la importancia de determinados puntos de paso. Asia y Europa pueden mantener relaciones comerciales a enorme distancia de Yemen y, sin embargo, depender parcialmente de un corredor situado junto a sus costas. El territorio yemení adquiere así un valor estratégico que no nace exclusivamente de lo que produce, sino de aquello junto a lo que está situado.
La historia económica ofrece numerosos ejemplos de esta relación entre poder y geografía. Los estrechos marítimos, los canales y los puertos de paso han condicionado durante siglos las rutas comerciales porque permiten concentrar en espacios reducidos movimientos que, en el resto del océano, se encuentran dispersos. La navegación moderna, con buques mayores, redes logísticas más precisas y cadenas de suministro más integradas, no ha abolido esa realidad; en determinados sentidos, la ha vuelto más visible. El comercio puede ser global, pero continúa dependiendo de lugares concretos.
En Yemen, esta condición geográfica internacionaliza las consecuencias de una guerra cuyo origen y cuyos costes humanos siguen siendo fundamentalmente internos. Un ataque a un buque no convierte automáticamente el conflicto en una guerra mundial ni implica necesariamente una intervención exterior de mayor escala. Pero sí altera la estructura de incentivos de actores que, de otro modo, tendrían una relación mucho más distante con la política yemení. Cuanto más peligrosa se vuelve la navegación, mayor es la presión para que Estados, navieras y organizaciones internacionales dediquen recursos políticos, militares o económicos a contener el deterioro.
Ese es uno de los motivos por los que Bab el-Mandeb resulta estratégicamente desproporcionado. No hace falta controlar una gran extensión oceánica para afectar a numerosos participantes del comercio: basta con amenazar un punto por el que muchos de ellos necesitan pasar.
La dimensión que los mapas comerciales no muestran
El interés internacional por las rutas marítimas puede generar una deformación de perspectiva. Los países alejados de Yemen tienden comprensiblemente a observar el conflicto a través de aquello que les afecta: seguridad de navegación, costes de transporte, energía o comercio. Sin embargo, para millones de yemeníes el problema no es una externalidad logística, sino la organización material de su existencia cotidiana.
Más de la mitad de la población en inseguridad alimentaria aguda y aproximadamente seis millones de personas acercándose a condiciones de hambruna no constituyen un apéndice humanitario del análisis geopolítico. Son parte central de aquello que significa que un conflicto permanezca sin resolver. La guerra daña infraestructuras, fragmenta instituciones, dificulta el movimiento de bienes, reduce la capacidad económica de los hogares y agrava una vulnerabilidad que puede persistir incluso durante períodos de menor intensidad militar.
De ahí que la tregua de 2022 deba valorarse con dos ideas simultáneas. Reducir la violencia importa extraordinariamente; una tregua salva vidas aunque no resuelva todas las causas de la guerra. Pero su existencia no permite confundir contención con normalidad. Si las estructuras políticas y económicas que sostienen el conflicto permanecen frágiles, la paz aparente puede depender de equilibrios que se deterioran con rapidez.
Prestar atención antes de que la guerra regrese
Yemen demuestra que una tregua puede reducir la violencia sin resolver aquello que hizo posible la guerra. La advertencia de Naciones Unidas del 13 de agosto no significa que el país haya regresado ya al escenario anterior a 2022, sino que el margen que separa la contención de una escalada mucho mayor se ha estrechado peligrosamente.
La evolución importa, en primer término, por sus consecuencias sobre millones de yemeníes sometidos a una crisis humanitaria persistente. Después importa por una razón que el mapa explica mejor que cualquier consigna geopolítica: Yemen se encuentra junto a Bab el-Mandeb, y Bab el-Mandeb es uno de esos lugares pequeños cuya posición los convierte en piezas desproporcionadamente importantes de la economía mundial.
De continuar la escalada, podrían aumentar los riesgos para la navegación, los costes asociados al transporte y los incentivos para modificar rutas. Pero explicar esas posibilidades no equivale a anunciar un cierre del estrecho, una crisis energética o una nueva intervención internacional. La prudencia no resta gravedad al diagnóstico; lo hace más preciso.
Precisamente por ello Yemen merece atención ahora. Esperar a poder afirmar con certeza que la guerra abierta ha regresado significaría haber confundido el análisis de un riesgo con la crónica tardía de sus consecuencias.
Bibliografía
Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Sesión sobre Yemen celebrada el 13 de agosto de 2026.
Naciones Unidas. Documentación humanitaria relativa a la situación de seguridad alimentaria y riesgo de hambruna en Yemen.
Reuters. Información independiente sobre la escalada militar y marítima.
Associated Press. Cobertura independiente de los acontecimientos recientes en Yemen y Bab el-Mandeb.
Lecturas recomendadas
Documentación del enviado especial de Naciones Unidas para Yemen sobre el proceso político posterior a la tregua de 2022.
Informes humanitarios de Naciones Unidas sobre inseguridad alimentaria en Yemen.
Estudios históricos y geopolíticos sobre el Mar Rojo, Bab el-Mandeb y la relación entre pasos marítimos y comercio internacional.

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