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Ormuz: cuánto vale una ruta alternativa cuando el comercio mundial se atasca

6 oct
5 min de lectura

El estrecho de Ormuz concentra una parte extraordinaria del comercio mundial de petróleo. Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos disponen de infraestructuras capaces de evitarlo parcialmente, pero la crisis vuelve visible una distinción que los mercados suelen olvidar en tiempos normales: una red eficiente no es necesariamente una red resistente.

Mapa del estrecho de Ormuz y de las rutas alternativas de exportación de petróleo de Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos

El mapa invisible de la energía


Buena parte de la economía mundial depende de lugares sorprendentemente pequeños.


Un estrecho, un canal, una terminal o un puerto pueden convertirse en pasos obligados para mercancías cuyo consumo se extiende por continentes enteros. La paradoja es conocida: cuanto más global es un mercado, más fácil resulta olvidar la importancia de determinados puntos físicos hasta que algo dificulta atravesarlos.


Ormuz constituye uno de los ejemplos más extremos.


La U.S. Energy Information Administration estimó que durante el primer semestre de 2025 atravesaron el estrecho unos 20,9 millones de barriles diarios de líquidos petroleros. Una proporción sustancial de la energía producida alrededor del Golfo debe pasar, por tanto, por un corredor marítimo geográficamente muy limitado antes de alcanzar los mercados internacionales.


En circunstancias ordinarias, esa concentración tiene lógica económica. Las redes comerciales se construyen buscando costes razonables, grandes volúmenes, infraestructuras existentes y conexiones eficientes con los principales compradores. Mantener numerosas rutas alternativas infrautilizadas puede parecer un uso poco productivo del capital.


Hasta que la ruta principal deja de ser plenamente fiable.


Eficiencia y resiliencia no son la misma cosa


La diferencia es fundamental.


Una infraestructura eficiente busca aprovechar al máximo los recursos disponibles bajo unas condiciones esperadas. Una infraestructura resiliente acepta pagar parte del coste de mantener opciones que quizá no sean necesarias durante largos periodos, pero que adquieren un enorme valor cuando esas condiciones dejan de cumplirse.


El problema puede formularse de manera sencilla. Si una empresa pudiera transportar toda su producción por una sola ruta muy barata, construir una segunda vía que permaneciera parcialmente vacía parecería ineficiente. Desde un punto de vista estrictamente contable, lo sería.


Pero esa capacidad ociosa contiene algo que no aparece fácilmente en una cuenta de resultados ordinaria: una opción.


Cuando el primer corredor se interrumpe, se encarece o deja de ofrecer garantías suficientes, lo que antes parecía redundante puede convertirse en el activo más valioso de la red.


Eso es precisamente lo que permiten observar las infraestructuras alternativas a Ormuz.


Arabia Saudí y Emiratos: evitar el estrecho, pero solo hasta cierto punto


Arabia Saudí dispone del oleoducto Este-Oeste, que permite trasladar crudo desde las zonas productoras orientales hacia la costa del mar Rojo. Emiratos Árabes Unidos cuenta, por su parte, con una conexión hacia Fujairah que permite sacar parte de su petróleo al océano Índico sin necesidad de atravesar Ormuz.


La importancia estratégica de ambas infraestructuras es evidente. Su existencia evita que toda la capacidad exportadora de esos productores dependa de un único paso.


Pero aquí comienza la parte que las cifras agregadas pueden ocultar.


La EIA calcula aproximadamente 4,7 millones de barriles diarios de capacidad de bypass actualmente utilizable en la región. Esa cifra no debe leerse como si significara que, ante cualquier perturbación, 4,7 millones de barriles adicionales pueden aparecer automáticamente en otro puerto.


Hay al menos tres magnitudes distintas.


La primera es la capacidad nominal: cuánto podría transportar una infraestructura en determinadas condiciones técnicas. La segunda es la capacidad disponible: cuánto margen permanece realmente libre teniendo en cuenta el uso que ya recibe. Y la tercera es la utilización efectiva: cuánto petróleo está atravesándola en un momento determinado.


Confundirlas produce una imagen falsa de seguridad.


La actualización de los flujos confirma precisamente esa complejidad. Datos de Vortexa citados por Reuters el 6 de octubre estimaban que las exportaciones de crudo, condensados y productos del Golfo, excluido Irán, promediaron unos 19,2 millones de barriles diarios en septiembre, más del 81 % de los niveles anteriores a la perturbación. La recuperación demuestra una importante capacidad de adaptación; no demuestra que el problema geográfico haya desaparecido.


Un oleoducto no sustituye por sí solo una ruta marítima


El error más frecuente consiste en imaginar la alternativa como una tubería paralela a un estrecho: si un camino se cierra, el petróleo simplemente utiliza el otro.


Una cadena energética es bastante más compleja.


El producto tiene que llegar al oleoducto, atravesarlo, encontrar capacidad de almacenamiento y carga en la terminal de salida, embarcarse en buques disponibles, conseguir cobertura aseguradora y encontrar compradores capaces de recibirlo en las condiciones previstas. Alterar una pieza reorganiza las demás.


Eso significa que la existencia de infraestructura terrestre reduce una vulnerabilidad concreta, pero no reproduce automáticamente todas las funciones que cumplía la vía marítima anterior.


La situación reciente ilustra este punto. Los flujos pueden recuperarse y, sin embargo, persistir costes logísticos elevados. Reuters ha señalado que el problema del mercado no se limita al volumen físico disponible: transporte, seguros, refinación y reorganización de rutas continúan imponiendo costes incluso cuando vuelve a salir una cantidad considerable de crudo.


La distinción importa porque una crisis energética no consiste únicamente en preguntarse si existen suficientes barriles en términos agregados. También exige saber dónde están, de qué manera pueden trasladarse, cuánto cuesta hacerlo y en qué momento llegan a quienes los necesitan.


El verdadero límite de las alternativas


Los oleoductos saudí y emiratí cumplen exactamente la función que justifica su existencia: reducen la dependencia absoluta de Ormuz.


Lo que no pueden hacer es convertir un estrecho por el que circulan volúmenes extraordinariamente superiores en una pieza prescindible del sistema energético mundial.


El contraste entre los aproximadamente 20,9 millones de barriles diarios que atravesaban Ormuz en el primer semestre de 2025 y la capacidad alternativa utilizable estimada por la EIA muestra la diferencia de escala. Incluso admitiendo variaciones operativas y cambios de utilización, la redundancia terrestre cubre una parte, no el conjunto.


Además, una alternativa física no elimina necesariamente el riesgo económico. Si el peligro sobre las rutas marítimas aumenta, pueden encarecerse los fletes y las primas de seguro. Si cambia el puerto de salida, cambia también la logística. Si los flujos se desplazan, compradores y operadores deben reorganizar contratos, buques y calendarios.


La resiliencia, por tanto, no consiste en poseer una réplica perfecta de la infraestructura principal. Consiste en conseguir que una perturbación grave no produzca inmediatamente una paralización equivalente.


Bajo esa definición, las rutas alternativas del Golfo están demostrando su valor.


La infraestructura que parece inútil hasta el día en que deja de serlo


Durante décadas de funcionamiento normal, una capacidad redundante puede parecer un exceso. Utiliza capital, requiere mantenimiento y quizá permanezca parcialmente ociosa.


Sin embargo, juzgarla únicamente por su utilización media equivale a valorar un seguro contando solamente los años en los que no se produjo un siniestro.


La infraestructura redundante compra algo más difícil de medir que el rendimiento ordinario: margen de maniobra.


Ormuz recuerda así una verdad que se extiende mucho más allá del petróleo. La globalización ha multiplicado las redes y ha reducido numerosas distancias económicas, pero no ha abolido la geografía. Puertos, estrechos, oleoductos y terminales siguen determinando qué puede circular, en qué cantidad y a qué coste.


La eficiencia procura utilizar mejor los recursos existentes. La resiliencia acepta sacrificar parte de esa eficiencia para conservar opciones cuando el mundo deja de comportarse como estaba previsto.


No hay contradicción absoluta entre ambas. El problema aparece cuando un sistema optimizado durante años para condiciones normales descubre que había confundido la ausencia de crisis con la desaparición del riesgo.


Las rutas que rodean Ormuz no pueden sustituir completamente al estrecho. Precisamente por eso son valiosas: no prometen eliminar la vulnerabilidad, sino evitar que toda la red dependa de ella en la misma medida.


Fuentes y bibliografía

U.S. Energy Information Administration, documentación sobre el estrecho de Ormuz y capacidades alternativas; documentación técnica disponible sobre el East-West Pipeline saudí y la conexión ADCOP/Fujairah; Reuters; estimaciones de seguimiento marítimo de Kpler y Vortexa citadas como tales; literatura técnica sobre chokepoints y seguridad de suministro.

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