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Europa puede construir satélites. La pregunta es si podrá lanzarlos

10 ago
6 min de lectura

La Agencia Espacial Europea advierte de una posible insuficiencia de capacidad de lanzamiento hacia 2029-2031, precisamente cuando crece la demanda de sistemas como Galileo, Copernicus e IRIS. El problema no es una competición simbólica con Estados Unidos, sino una cuestión mucho más concreta: cuánto cuesta conservar la capacidad material de acceder al espacio sin depender de terceros.


La soberanía tecnológica posee una dimensión incómodamente física. Un continente puede diseñar satélites, financiar constelaciones, desarrollar sistemas de comunicaciones y proclamar su voluntad de autonomía; pero, llegado el momento, todos esos proyectos tienen que abandonar la superficie terrestre. Si carece de capacidad suficiente para hacerlo en sus propios términos, una parte de aquella autonomía continúa dependiendo de quien disponga del lanzador.


Josef Aschbacher, director general de la Agencia Espacial Europea, ha advertido de que Europa podría enfrentarse a una insuficiencia de capacidad de lanzamiento hacia 2029-2031, un periodo en el que previsiblemente crecerá la demanda asociada a programas institucionales, gubernamentales y de seguridad. La advertencia no describe una escasez actual consumada ni permite conocer con exactitud cuál será su magnitud dentro de varios años. Sí identifica una tensión que la propia política espacial europea tendrá que resolver.


Esa tensión aparece con especial claridad en IRIS. La Comisión Europea confirmó el 7 de agosto un acuerdo que amplía el sistema hasta 348 satélites y conduce el proyecto hacia la fase de despliegue. Galileo, Copernicus, IRIS y las constelaciones nacionales o militares expresan la ambición europea de disponer de infraestructura espacial propia. Pero cuantos más activos se pretende desplegar y renovar, mayor es la importancia de poseer una capacidad de lanzamiento adecuada.


La paradoja puede formularse con sencillez: tener satélites no es lo mismo que tener acceso autónomo al espacio.


El cohete como infraestructura estratégica


Un lanzador suele contemplarse como la parte espectacular de la industria espacial, pero desde el punto de vista institucional desempeña una función más prosaica: es infraestructura de acceso. Sin ella, el resto de la cadena depende de la disponibilidad, los precios, las prioridades y las decisiones políticas de terceros.


Europa ha experimentado recientemente esa vulnerabilidad. Ariane 6 y Vega-C han recuperado capacidad europea después de un periodo durante el cual fue necesario recurrir a lanzadores estadounidenses. Ese episodio convierte la discusión sobre el futuro en algo más que una hipótesis académica. La pregunta no es si un proveedor exterior puede ofrecer un servicio eficaz, sino qué ocurre cuando determinados activos son considerados estratégicos y, simultáneamente, su puesta en órbita depende de capacidad externa.


La respuesta económica más inmediata podría consistir en contratar siempre al proveedor más competitivo. Si una empresa extranjera puede efectuar el lanzamiento a mejor precio o con mayor disponibilidad, recurrir a ella parece una decisión racional. Sin embargo, la política industrial y la seguridad introducen un segundo criterio: una capacidad que parece cara mientras existen alternativas puede adquirir un valor muy diferente cuando esas alternativas desaparecen o dejan de estar disponibles en las condiciones deseadas.


Así aparece una distinción fundamental entre eficiencia económica y resiliencia estratégica. La primera pregunta cuánto cuesta un lanzamiento; la segunda pregunta cuánto cuesta no poder realizarlo cuando se necesita.


La capacidad ociosa también puede tener valor


El debate se vuelve incómodo precisamente porque una política de autonomía puede exigir mantener capacidades que no sean, en todo momento, las más baratas del mercado. Desde una lógica puramente comercial, una infraestructura infrautilizada parece ineficiente. Desde una lógica estratégica, cierta redundancia puede funcionar como un seguro.


Esto no significa que cualquier gasto realizado bajo la etiqueta de «soberanía» quede automáticamente justificado. Una industria protegida de toda presión competitiva puede generar costes elevados, malos incentivos y menor innovación. Declarar estratégico un sector no resuelve el problema de cómo organizarlo eficazmente.


La cuestión es más exigente: Europa debe determinar qué capacidades considera suficientemente importantes como para no dejar su existencia exclusivamente al resultado inmediato de la competencia de precios. Y, una vez tomada esa decisión, debe diseñar instituciones capaces de conservarlas sin convertir la autonomía estratégica en una excusa para proteger indefinidamente estructuras ineficientes.


El European Launcher Challenge de la Agencia Espacial Europea debe entenderse dentro de este dilema. El desafío no consiste solamente en fabricar otro cohete, sino en desarrollar una estructura industrial europea con mayor capacidad, competencia e innovación. La existencia de más proveedores podría reducir la fragilidad derivada de depender de un número limitado de sistemas y contribuir a que la política institucional de lanzamiento genere incentivos más próximos a los de un mercado competitivo.


Contratar también es hacer política industrial


La industria espacial posee una característica que complica cualquier separación nítida entre Estado y mercado: una parte sustancial de la demanda procede de instituciones públicas. La manera en que gobiernos y organismos europeos contratan servicios de lanzamiento influye, por tanto, sobre qué empresas pueden crecer, invertir y mantener capacidad.


Si las instituciones europeas compran sistemáticamente el servicio más barato disponible en el mercado mundial, pueden reducir el coste inmediato de sus misiones. Pero si esa política impide desarrollar suficiente demanda para los operadores europeos, la consecuencia puede ser una dependencia futura mayor. En sentido inverso, reservar automáticamente lanzamientos para proveedores europeos puede preservar capacidad, pero también reducir la presión competitiva.


La dificultad reside en combinar ambos objetivos: mantener una base industrial propia y someterla al mismo tiempo a incentivos que premien reducción de costes, fiabilidad e innovación.


Por eso el problema europeo no debería resumirse como «Europa contra SpaceX». Esa fórmula personaliza una cuestión institucional y la convierte en una carrera empresarial. La verdadera comparación no es entre una empresa estadounidense y una agencia europea, sino entre dos ecosistemas industriales y de contratación distintos.


Europa debe preguntarse qué arquitectura necesita para que su demanda pública contribuya a sostener capacidad propia sin eliminar la competencia que puede mejorarla.


Soberanía no es autosuficiencia absoluta


La autonomía estratégica tampoco exige necesariamente que Europa fabrique por sí sola todo lo que utiliza. Ninguna economía avanzada funciona mediante autosuficiencia integral, y la interdependencia puede aumentar eficiencia, innovación y cooperación. El problema comienza cuando una dependencia afecta a una capacidad que las instituciones consideran crítica y no existen alternativas suficientemente accesibles.


En el espacio, esa frontera depende del tipo de misión. La disponibilidad de un proveedor extranjero para un lanzamiento comercial ordinario no plantea exactamente el mismo problema que la dependencia exterior para desplegar un sistema gubernamental, de comunicaciones seguras o de carácter militar. Cuanto mayor es la relevancia estratégica del activo, mayor es el coste potencial de no controlar suficientemente su acceso a la órbita.


IRIS hace particularmente visible esta cuestión porque la Unión Europea está invirtiendo en una constelación concebida precisamente dentro de una conversación más amplia sobre conectividad y soberanía. Sería una contradicción institucional desarrollar sistemas cuyo propósito sea reducir determinadas dependencias mientras su despliegue quedase sometido a otra dependencia crítica no evaluada.


Pero reconocer esa contradicción no resuelve cuánto debe gastarse para corregirla. Esa es la decisión difícil.


El verdadero precio de la autonomía


La advertencia sobre 2029-2031 debe interpretarse como una previsión, no como un destino inevitable. Las necesidades reales dependerán del calendario de las constelaciones, de la evolución de Ariane y Vega, de los nuevos actores industriales y de las decisiones de contratación que se adopten durante los próximos años.


Precisamente por ello, este es el momento relevante para plantear la cuestión. Las capacidades industriales no aparecen instantáneamente cuando surge una emergencia. Necesitan tecnología, capital, personal, proveedores, instalaciones, demanda y experiencia acumulada. Una autonomía que solo se decide conservar cuando resulta imprescindible puede llegar demasiado tarde.


Europa no necesita, por tanto, responder al problema con la conclusión genérica de que debe «gastar más». Necesita decidir en qué capacidades concretas quiere evitar una dependencia excesiva, cómo pretende conservarlas y qué coste considera razonable asumir para ello.


La autonomía estratégica no se obtiene declarando sectores estratégicos. Requiere conservar capacidades industriales concretas, y esas capacidades tienen un precio. En el caso del espacio, el debate europeo terminará inevitablemente en una pregunta menos grandilocuente y bastante más difícil que cualquier proclamación sobre soberanía:


¿cuánto está dispuesta a pagar Europa por conservar la capacidad de llegar por sí misma hasta aquello que quiere poseer en órbita?


Bibliografía


  • Agencia Espacial Europea, European Launcher Challenge.

  • Comisión Europea, documentación sobre la ampliación y despliegue de IRIS.

  • Financial Times, entrevista con Josef Aschbacher sobre la capacidad europea de lanzamiento.


Lecturas recomendadas


  • Agencia Espacial Europea, documentación del European Launcher Challenge.

  • Comisión Europea, documentación institucional de IRIS

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