El microbioma social: la parte de nosotros que también procede de los demás
El reconocimiento concedido en 2026 a la investigadora Mireia Vallès-Colomer devuelve la atención hacia una cuestión que desborda cualquier premio: hasta qué punto los microorganismos que habitan nuestro organismo constituyen una característica estrictamente individual y hasta qué punto nuestra ecología microbiana se configura mediante convivencia, ambiente y relaciones humanas.

Solemos imaginar el cuerpo humano delimitado por una frontera bastante evidente: dentro se encuentra el individuo; fuera, el ambiente. El estudio del microbioma obliga a introducir matices en esa representación intuitiva. Nuestro organismo alberga comunidades de microorganismos cuya composición no permanece completamente ajena al mundo exterior y que, según muestra la investigación sobre transmisión interpersonal, puede presentar huellas de las personas con las que compartimos espacios, hábitos y relaciones.
El Premio Nacional de Investigación concedido en 2026 a Mireia Vallès-Colomer proporciona una ocasión para volver sobre este campo, pero el interés científico se encuentra en otro lugar. La pregunta verdaderamente importante es qué significa descubrir que diferentes personas comparten determinadas cepas microbianas y hasta dónde permite ese hecho reconstruir la dimensión social de nuestro microbioma.
Para responder hay que comenzar por precisar los términos.
No existe un microbioma completamente al margen del ambiente
El microbioma designa el conjunto de microorganismos y material microbiano asociado a determinados entornos del organismo. Hablar del microbioma humano no significa, por tanto, referirse a una única bacteria ni a una colección estática de organismos idéntica durante toda la vida.
Su estudio plantea una dificultad inmediata: detectar microorganismos semejantes en dos personas no basta para demostrar que una se los haya transmitido directamente a la otra. Ambas pueden haber estado expuestas a ambientes, alimentos, hábitos o fuentes comunes. Precisamente por ello la investigación contemporánea trata de alcanzar una resolución mayor y estudiar no solamente grandes grupos microbianos, sino también cepas.
Una cepa puede entenderse, en este contexto, como una variante suficientemente concreta dentro de una especie microbiana para permitir comparaciones mucho más finas. Cuando los investigadores identifican cepas estrechamente compartidas entre individuos y examinan ese patrón junto con información sobre convivencia y relaciones, pueden estudiar estadísticamente hasta qué punto el contacto interpersonal aparece asociado a la transmisión microbiana.
El verbo decisivo es estudiar. Compartir una cepa constituye evidencia que puede contribuir a reconstruir patrones de transmisión; no autoriza, aisladamente, a atribuir una consecuencia clínica ni a afirmar que una relación determinada haya causado una enfermedad.
La convivencia también deja rastros microscópicos
Los trabajos sobre transmisión interpersonal amplían así el objeto tradicional de estudio. La pregunta ya no es solamente qué microorganismos posee una persona, sino qué factores contribuyen a configurar esa comunidad.
La convivencia proporciona uno de los ámbitos naturales para investigarlo. Las personas que comparten una vida cotidiana también comparten espacios y numerosas exposiciones ambientales, de modo que las relaciones humanas pueden convertirse en una de las vías mediante las cuales se estructura parte de nuestra ecología microbiana.
Esto permite hablar, con las debidas precauciones, de un microbioma social: no porque exista un órgano microbiano colectivo ni porque desaparezca la individualidad biológica, sino porque una parte de los patrones microbianos observados puede estudiarse en relación con las redes de convivencia e interacción entre personas.
La expresión resulta intelectualmente fértil precisamente porque desplaza la escala del problema. Si la microbiología se concentra exclusivamente en el individuo, determinados patrones pueden resultar difíciles de comprender. Cuando incorpora relaciones, hogares y ambientes compartidos, aparecen nuevas preguntas acerca de cómo circulan las cepas y cómo persisten o cambian esas comunidades.
La boca y el intestino no son el mismo ecosistema
Otra precaución fundamental consiste en evitar que «el microbioma» se convierta en una abstracción excesivamente uniforme. Las comunidades microbianas de diferentes partes del organismo ocupan ambientes distintos y no necesariamente presentan los mismos patrones de transmisión.
La literatura científica reunida para este asunto distingue, en particular, entre el microbioma oral y el intestinal. Esa diferenciación es importante porque impide extrapolar automáticamente un resultado obtenido en un entorno corporal a todos los demás. Que una determinada pauta de compartición aparezca con claridad en el microbioma oral no significa que deba reproducirse con idéntica intensidad o mediante idénticos mecanismos en el intestinal.
La consecuencia metodológica es significativa: hablar de transmisión microbiana exige especificar qué comunidad se está estudiando, con qué técnicas y bajo qué circunstancias. Cuanto más precisa sea la pregunta, menor será el riesgo de convertir una observación científica concreta en una afirmación genérica acerca de todo el organismo.
De compartir bacterias a compartir enfermedades hay un salto que la evidencia no permite dar
El atractivo del microbioma ha favorecido durante los últimos años interpretaciones que en ocasiones avanzan más deprisa que la evidencia. Encontrar asociaciones entre determinadas comunidades microbianas y determinadas condiciones de salud puede abrir una vía de investigación, pero una asociación estadística no establece automáticamente una cadena causal.
Esta distinción se vuelve todavía más importante cuando el análisis incorpora relaciones sociales. Si dos personas que conviven comparten determinadas cepas y presentan además una característica clínica común, todavía sería necesario determinar qué variables intervienen, en qué dirección opera una eventual causalidad y qué mecanismos biológicos podrían explicarla.
Por ello no puede inferirse que una relación social concreta «produzca» una enfermedad simplemente porque facilite determinados patrones de intercambio microbiano. Tampoco que adquirir una determinada bacteria determine por sí mismo una patología.
La misma prudencia debe aplicarse a las posibles aplicaciones terapéuticas. Una hipótesis prometedora, una asociación reproducida o incluso un mecanismo experimental no equivalen a un tratamiento clínico establecido. Y en campos especialmente complejos, como la relación entre microbioma y salud mental, la distancia entre una correlación interesante y una explicación causal puede ser considerable.
Reconocer esas limitaciones no debilita el campo. Al contrario: permite apreciar cuál es su auténtica importancia sin convertirlo en una promesa que la evidencia todavía no puede sostener.
Del individuo a la red
El concepto de microbioma social introduce además una modificación en la manera de formular las preguntas. Si determinadas cepas pueden circular entre personas, la unidad de observación científicamente interesante no tiene por qué terminar siempre en un organismo aislado. En ciertos problemas puede resultar necesario incorporar hogares, contactos, redes sociales y ambientes compartidos.
Esto no convierte lo social en una explicación universal de la composición microbiana. La biología individual continúa importando, del mismo modo que importan el ambiente y otros factores. Lo relevante es que las relaciones humanas pasan a formar parte de aquello que puede medirse y estudiarse.
La idea tiene una consecuencia conceptual sugerente, aunque conviene distinguirla cuidadosamente de una conclusión experimental. Nuestra intuición suele concebir al individuo como una unidad biológica claramente separada de aquello que le rodea. Si una fracción de su ecología microbiana se configura mediante la convivencia con otros seres humanos, la frontera entre individuo y ambiente resulta menos sencilla de lo que esa imagen presupone.
No significa que dejemos de ser individuos. Significa que una descripción completa del individuo puede necesitar incluir algunas de sus relaciones con el entorno.
La ciencia que cambia las preguntas
El estudio de la transmisión interpersonal del microbioma todavía contiene importantes interrogantes. Queda por determinar con mayor precisión qué microorganismos se transmiten, en qué condiciones, durante cuánto tiempo persisten, qué diferencias existen entre comunidades corporales y cuándo una asociación observada posee verdadera relevancia biológica o clínica.
Es precisamente ahí donde reside buena parte de su interés.
La investigación del microbioma está ampliando nuestra comprensión del ser humano como organismo situado dentro de un entorno que no es solamente físico, sino también biológico y social. Pero esa ampliación debe avanzar al ritmo de la evidencia: compartir microorganismos no significa compartir destinos clínicos, y encontrar una asociación no equivale a descubrir una causa.
La ciencia interesante no es únicamente aquella que proporciona respuestas definitivas. A veces su contribución más profunda consiste en obligarnos a reformular preguntas que parecían evidentes. Quizá una de ellas sea dónde termina exactamente, desde el punto de vista de nuestra ecología microbiana, el individuo y dónde empieza el mundo que comparte con los demás.
Bibliografía y fuentes
Boletín Oficial del Estado, Premios Nacionales de Investigación 2026.
Trabajo original publicado en Nature sobre transmisión interpersonal del microbioma incluido en la documentación de referencia.
Revisión publicada en Cell en 2024 incluida en la documentación científica de referencia.
Literatura científica especializada recopilada para el análisis.



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