top of page

El escritor contra el escritor que fue

4 sept
5 min de lectura

Manuel Vilas vuelve sobre sus primeros relatos y los modifica décadas después. El gesto editorial abre una pregunta que la literatura nunca termina de resolver: cuándo una obra publicada deja de pertenecer enteramente a la voluntad de su autor

El escritor Manuel Vilas, autor de una nueva edición revisada de sus primeros relatos.

Publicar un libro parece, en principio, un acto conclusivo. El manuscrito deja de ser privado, adquiere una forma estable, comienza a circular y pasa a formar parte de la memoria de sus lectores. Las frases que hasta entonces podían corregirse sin testigos quedan fijadas en una edición. Desde ese instante existe algo que antes no existía: una versión pública del autor.

Manuel Vilas ha decidido regresar ahora a algunos de sus primeros relatos. La nueva edición recupera materiales procedentes de Zeta y Magia, pero no se presenta como una mera reproducción de textos antiguos: el escritor ha vuelto sobre ellos, los ha corregido y los ha reescrito. El dato editorial tiene interés por sí mismo, aunque su verdadera importancia aparece al formular la pregunta que contiene: ¿qué sucede cuando un escritor maduro modifica una obra que ya había sido entregada a los lectores?


No es simplemente una cuestión de estilo. Es una cuestión sobre el tiempo.


Dos autores con el mismo nombre


Quien reescribe una obra veinte o veinticinco años después no se encuentra en la misma posición que quien corrige un manuscrito antes de publicarlo. Entre ambos momentos han ocurrido demasiadas cosas. El escritor ha publicado otros libros, ha modificado sus preferencias, ha aprendido recursos técnicos, ha abandonado otros y, sobre todo, ha construido una conciencia retrospectiva sobre aquello que escribió cuando todavía no conocía al autor en el que iba a convertirse.


La revisión tardía provoca así una escena literaria extraordinaria: dos versiones de un mismo escritor se encuentran sobre la página.


El autor presente posee una ventaja técnica evidente. Puede reconocer excesos, imprecisiones o soluciones que ahora considera defectuosas. Pero el autor antiguo posee otra clase de autoridad: escribió desde una experiencia que ya no puede recuperarse exactamente. Sus defectos pueden pertenecer también a la verdad histórica de aquella escritura.


Corregir el pasado significa, por tanto, intervenir sobre algo que ya no es enteramente un borrador.


Cuando la reescritura afecta a una obra publicada, el problema deja de ser exclusivamente privado. Existe una edición anterior, existen lectores que conocieron esos textos y existe una historia literaria en la que aquella versión ocupó un lugar concreto. El autor puede modificar sus palabras; no puede conseguir que nunca hayan sido otras.


¿Cuál de las dos obras es la verdadera?


La pregunta parece exigir una respuesta y acaso ése sea precisamente el error. Dos versiones pueden ser simultáneamente auténticas porque testimonian momentos distintos de una misma trayectoria.


La primera conserva la escritura del autor que todavía no sabía qué libros escribiría después. La segunda contiene la intervención del escritor que ya conoce su propio recorrido y vuelve sobre él. Una muestra el origen; la otra, la interpretación posterior del origen.


De ahí que la revisión autorial no deba confundirse automáticamente con una mejora objetiva. Puede haber pasajes más precisos, ritmos más controlados o decisiones estilísticas más coherentes con la obra posterior; pero la literatura no funciona como un programa informático en el que cada actualización sustituye necesariamente a una versión defectuosa.


Una imperfección puede tener valor histórico. Una exageración juvenil puede revelar una sensibilidad que el escritor maduro ya no posee. Incluso aquello que el autor contemporáneo considera un error puede interesar al lector porque permite observar cómo comenzó una voz literaria antes de disciplinarse.


La crítica genética y el estudio de variantes existen, precisamente, porque el proceso de escritura también forma parte de la obra. Un texto no siempre es únicamente aquello que termina impreso en su última versión; puede ser también la historia de sus transformaciones.


El derecho del autor y la memoria del lector


Existe además una segunda tensión. El escritor conserva una relación privilegiada con su obra, pero la publicación introduce inevitablemente a otros propietarios en sentido cultural, aunque no jurídico: los lectores.


Quien lee un libro incorpora determinados pasajes a su memoria, interpreta personajes, establece asociaciones e incluso puede construir alrededor del texto una parte de su propia biografía. Cuando el autor modifica décadas después aquella obra, no puede modificar de la misma manera la experiencia que ya produjo.


Ésa es una de las consecuencias más extrañas de publicar. El autor decide qué entrega, pero no conserva el control completo sobre lo que aquello significará.


La reescritura puede entonces interpretarse como una nueva propuesta, no necesariamente como una abolición del pasado. La versión revisada no necesita destruir la anterior para justificar su existencia. Puede dialogar con ella.


Precisamente por eso resulta importante conservar la historia editorial de los textos. Cuando existen variantes significativas, saber que existen permite leer de otra manera. La comparación deja al descubierto las decisiones del escritor: qué quiso preservar, qué ya no toleró, qué intensificó y qué decidió abandonar.


En ese espacio entre versiones aparece una forma particularmente transparente de crítica literaria realizada por el propio autor.


Reescribir también es interpretar


Todo escritor que vuelve sobre una obra antigua se convierte, inevitablemente, en lector de sí mismo. Ya no dispone de acceso inmediato a la conciencia exacta con la que escribió aquellas páginas. Debe interpretarlas como interpreta cualquier lector, aunque posea recuerdos y conocimientos que los demás desconocen.


La diferencia consiste en que él sí puede intervenir.


Ese poder plantea una tentación evidente: convertir la trayectoria pasada en algo más coherente de lo que realmente fue. Vista retrospectivamente, una carrera literaria parece avanzar hacia un destino. Los primeros libros se leen entonces como anticipaciones de los posteriores y las irregularidades adquieren el aspecto de errores que podrían haberse evitado.


Pero un escritor joven no escribe sabiendo en qué escritor se convertirá. Parte de la verdad de una obra temprana reside precisamente en esa ignorancia.


Reescribirla desde el presente significa introducir en ella un conocimiento del futuro que originalmente no poseía.


No es necesariamente una traición. Puede ser una creación distinta.


La obra y su biografía


La recuperación de los primeros relatos de Manuel Vilas interesa, en última instancia, porque convierte una novedad editorial en una pregunta permanente sobre la naturaleza de la literatura. Una obra publicada tiene al menos dos vidas. Una corresponde al texto que el autor todavía puede revisar, reeditar o reinterpretar. Otra pertenece a su existencia histórica, al momento en que apareció y a la recepción que produjo.


La primera puede modificarse. La segunda no.


Quizá por eso las reescrituras tardías resultan tan reveladoras. No solo enseñan cómo ha cambiado un texto; muestran cómo un escritor se relaciona con la persona que fue.


Hay algo profundamente literario en ese gesto. Todos revisamos mentalmente nuestro pasado, corregimos explicaciones, reinterpretamos decisiones y observamos con extrañeza algunas versiones anteriores de nosotros mismos. El escritor dispone de una posibilidad que la vida cotidiana rara vez concede: puede volver a la página y cambiar las palabras.


Pero ni siquiera él puede regresar realmente al momento en que fueron escritas.


La última versión puede ser la que el autor prefiere. La primera seguirá siendo la que existió.


Y entre ambas queda una historia que ninguna corrección puede borrar.


Bibliografía

  • Entrevista e información de EFE sobre el regreso de Manuel Vilas a sus primeros relatos.

  • Páginas de Espuma, información editorial de la nueva edición de Zeta.

  • RTVE, documentación de una reedición anterior de la obra temprana de Vilas.

  • Agencia Balcells, documentación bibliográfica sobre Zeta.


Para seguir leyendo

La lectura comparada de las distintas versiones de los relatos constituye el complemento natural del volumen actual. También resulta especialmente pertinente la crítica genética y la teoría de las variantes autoriales, que estudian la obra literaria no como un objeto inmóvil, sino como un proceso de escritura, corrección y transmisión.

Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
bottom of page