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Cómo arreglar España antes de que se enfríe el café

  • hace 9 horas
  • 5 min de lectura

Todos sabemos qué problemas tiene el país. En un bar incluso somos capaces de encontrarles solución. El problema comienza cuando termina el café: regresamos a nuestras vidas y dejamos la política en manos de quienes han aprendido que treinta segundos de indignación valen más que una hora de explicación.

Ciudadanos conversando en un bar sobre los problemas de España, la política y las posibles soluciones del país

Todos lo hemos hecho. Lo llevamos dentro y, probablemente, sea imposible evitarlo.


Nos encontramos en un bar con nuestros amigos más íntimos —aunque tampoco hace falta tanta confianza— y alguien empieza hablando de una noticia de los últimos días, de su situación laboral, de una mala experiencia con algún servicio público o de cualquier otro detonante aparentemente inocente. De repente, sin saber muy bien cómo, han pasado diez minutos y ya hemos recorrido la mitad de los problemas de España.


Es entonces cuando comienza un arte que parece haberse perdido hace tiempo en la política: el debate.


Ninguno pensamos exactamente igual. Uno es de derechas, otro de izquierdas y siempre hay un tercero que asegura no posicionarse políticamente mientras sostiene, con absoluta tranquilidad, las opiniones más radicales de toda la mesa. Pero existe algo que nos une: todos identificamos problemas que afectan al país y todos tenemos la sensación de que nadie está haciendo lo suficiente para resolverlos.


Empiezan entonces a aparecer las soluciones.


Se ponen ideas encima de la mesa. Hay argumentos razonables, alguna falacia, datos que nadie recuerda exactamente de dónde ha sacado y, por supuesto, algún insulto dirigido a los políticos actuales, sin demasiada consideración por sus colores. Después de un rato, la conversación suele conducir inevitablemente hacia una conclusión más o menos compartida: España funcionaría mucho mejor si la gobernásemos nosotros.


Espectacular.


Lo que había comenzado como un simple café para ponernos al día acaba convirtiéndose prácticamente en el germen de una revolución. Un pequeño grupo de ciudadanos ha identificado los grandes problemas nacionales, ha diseñado soluciones y está dispuesto a aplicarlas con una determinación admirable. Nadie entiende España como ellos. Nadie sabe mejor qué habría que hacer.


Hasta que alguien mira el reloj.


Uno tiene que volver al trabajo. Otro ha quedado para recoger a su hijo del fútbol. Otro recuerda que tiene que limpiar el baño de casa.


Y la revolución queda aplazada.


Quizá resulte incómodo reconocernos en esta escena precisamente porque sabemos lo que sucede después. Todos criticamos. Muchos diagnosticamos. Algunos incluso proponemos soluciones. Pero, una vez terminada la conversación, cada uno continúa con su vida mientras sigue maldiciendo a los políticos; con especial intensidad, naturalmente, cuando pertenecen al partido contrario.


Frente a estos ciudadanos de barra de bar se encuentran quienes sí poseen una capacidad real de intervenir sobre los problemas colectivos: los políticos.


Nuestros representantes.


Cabe suponer que ellos, rodeados de asesores, técnicos, funcionarios, economistas, juristas y analistas, conocen todavía mejor que nosotros los grandes desafíos de España. Si cualquier grupo de trabajadores puede identificarlos durante un café, quienes dedican profesionalmente su vida a gobernar deberían conocerlos con una profundidad mucho mayor.


Sin embargo, basta observar buena parte de nuestra conversación pública para tener, con demasiada frecuencia, la impresión contraria.


Porque casi todos los problemas parecen tener siempre un culpable perfectamente identificado: la oposición. En ocasiones, algún socio parlamentario. Rara vez uno mismo.


La política de los treinta segundos


Las redes sociales han transformado profundamente nuestra manera de consumir información y, con ella, nuestra manera de hacer política.


El discurso público se adapta cada vez más a formatos concebidos para capturar nuestra atención durante unos segundos. Intervenciones parlamentarias, entrevistas, mítines e incluso debates parecen contener fragmentos cuidadosamente diseñados para sobrevivir separados de su contexto: treinta segundos capaces de circular por Instagram, TikTok o X.


El problema no es únicamente la brevedad.


La síntesis es necesaria en política. Explicar una idea compleja con claridad es una virtud. El problema aparece cuando la necesidad de simplificar termina sustituyendo a la necesidad de explicar.


Entonces el argumento deja paso al eslogan. La discrepancia se convierte en ataque. El adversario político deja de ser alguien equivocado con quien discutir y pasa a ser alguien moralmente sospechoso al que derrotar. Incluso la vida privada del contrario puede transformarse en munición si genera suficientes titulares.


Y, mientras tanto, queda relegada la función más importante de la política: comprender problemas colectivos y encontrar soluciones viables.


Porque una sociedad no necesita que sus representantes ganen discusiones en Twitter. Necesita que gobiernen.


Quizá el problema no sean únicamente ellos


Sería muy cómodo detener aquí el argumento.


Culpar a los políticos es fácil. De hecho, es una de nuestras actividades nacionales favoritas. Pero hacerlo nos permitiría evitar una pregunta bastante más desagradable: ¿y si la política que tenemos se parece, al menos en parte, a la sociedad que la consume?


Los políticos no existen en el vacío.


Somos nosotros quienes votamos. Somos nosotros quienes consumimos información. Somos nosotros quienes compartimos indignados el vídeo de treinta segundos en el que alguien ridiculiza al partido contrario. Somos nosotros quienes premiamos con nuestra atención el enfrentamiento, la simplificación y el escándalo.


Después lamentamos que la política se haya convertido precisamente en eso.


Queremos soluciones complejas, pero consumimos explicaciones simples.


Queremos políticos que digan la verdad, pero penalizamos electoralmente las respuestas incómodas.


Queremos grandes debates sobre vivienda, productividad, educación, energía, pensiones o fiscalidad, pero difícilmente prestamos la misma atención a una explicación larga sobre incentivos económicos, restricciones de oferta, regulación, estructura fiscal o consecuencias imprevistas de una política pública que a un vídeo donde alguien asegura haber encontrado al culpable de todo.


Los grandes problemas rara vez admiten respuestas de treinta segundos.


La vivienda no puede explicarse únicamente señalando a propietarios, inquilinos, fondos, gobiernos o promotores. Exige hablar de oferta y demanda, suelo, licencias, construcción, financiación, regulación, salarios, demografía, movilidad y concentración geográfica del empleo.


El precio de la energía tampoco puede entenderse exclusivamente culpando a empresas o gobiernos. Intervienen mercados internacionales, fiscalidad, regulación, costes de generación, redes, materias primas y decisiones estratégicas adoptadas durante décadas.


Pero todo eso tiene un inconveniente enorme: requiere tiempo.


Y nosotros cada vez estamos menos dispuestos a concederlo.


Una política menos interesante y quizá mucho más útil


Fantaseo a veces con una España políticamente más aburrida.


Una España en la que representantes de partidos distintos pudieran sentarse a hablar sin que alcanzar un acuerdo fuese inmediatamente interpretado como una traición. Donde reconocer que el adversario tiene razón en algo no constituyera una humillación. Donde cambiar de opinión después de escuchar mejores argumentos fuese considerado una muestra de inteligencia y no de debilidad.


Una España en la que pudiéramos ver a diputados votando ocasionalmente contra la posición de su propio partido porque su conciencia, sus principios o los intereses de sus representados así se lo exigieran.


Una España en la que un político pudiera decir: «No lo sé».


O incluso algo todavía más revolucionario: «En esto se equivocó mi partido».


Quizá semejante política produciría menos vídeos virales. Probablemente sería mucho menos entretenida. Pero sospecho que también sería bastante más útil.


Por supuesto, para exigir políticos diferentes quizá necesitemos convertirnos antes en ciudadanos diferentes.


Ciudadanos capaces de escuchar argumentos que duren más de treinta segundos. De reconocer que nuestros adversarios pueden tener razón. De aceptar que prácticamente ningún problema importante tiene una solución gratuita, inmediata y sin consecuencias secundarias.


Y, sobre todo, ciudadanos dispuestos a trasladar fuera del bar una pequeña parte de la responsabilidad con la que allí afirmamos que gobernaríamos el país.


Continuaría desarrollando la idea, pero se me ha echado el tiempo encima.


He quedado con unos amigos para tomar un café.


Quizá esta tarde solucionemos España.


Y, si queda tiempo antes de pedir la cuenta, hasta montamos un partido político.


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