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Cuando dejan de llegar alumnos: La universidad norteamericana ante su nueva economía

  • 10 ago
  • 6 min de lectura

Las fusiones e integraciones entre instituciones estadounidenses revelan un problema más profundo que una sucesión de operaciones corporativas. Universidades construidas durante décadas de expansión afrontan ahora presiones demográficas, costes elevados, competencia y dudas sobre el retorno de determinados títulos. Pero una universidad no es solamente una empresa: la dificultad consiste en adaptar su economía sin destruir los bienes institucionales y culturales que justifican su existencia.


Una empresa cuya demanda disminuye puede cerrar establecimientos, reducir producción o abandonar una línea de negocio. Una universidad afronta un problema bastante más incómodo. Tiene edificios, profesorado, servicios, compromisos financieros, una reputación construida durante años y, con frecuencia, una relación estrecha con la ciudad que la alberga. Al mismo tiempo, necesita alumnos que paguen matrícula y una estructura económica capaz de sostener todo lo anterior.


Un análisis del Financial Times sobre la consolidación de universidades estadounidenses describe una creciente utilización de adquisiciones, integraciones y redes institucionales ante la combinación de una menor base potencial de matrícula, costes crecientes, presión financiera y un cuestionamiento más intenso del valor económico de ciertos títulos. El fenómeno no queda limitado a entidades con ánimo de lucro: también afecta a instituciones privadas sin ánimo de lucro.


Tratarlo como una simple oleada de fusiones sería perder lo importante. El problema de fondo es qué sucede cuando una institución edificada bajo determinadas expectativas de crecimiento descubre que esas expectativas ya no pueden darse por supuestas.


La aritmética de un campus


Las universidades presentan costes que no desaparecen al mismo ritmo que los alumnos. Un campus necesita mantenimiento; una estructura académica necesita personal; los servicios administrativos y estudiantiles requieren recursos. Cuando la matrícula deja de crecer o disminuye, los ingresos pueden resentirse mientras una parte considerable de la estructura permanece.


Esto convierte la escala en una cuestión económica central. Una institución mayor puede repartir determinados costes entre más estudiantes y disponer de una marca capaz de atraer demanda más allá de su entorno inmediato. Una institución pequeña puede ofrecer una experiencia diferenciada y una comunidad más cohesionada, pero también quedar más expuesta cuando pierde una parte reducida de sus matriculados.


De ahí la lógica de la consolidación. Una fusión puede permitir compartir administración, programas, infraestructuras o capacidad financiera. Puede también proporcionar continuidad a una institución que, aisladamente, tendría dificultades para sostenerse.


Sin embargo, las universidades no son piezas intercambiables de una misma industria. Una integración puede preservar determinados activos y destruir otros. El nombre, la tradición, la comunidad de antiguos alumnos, el vínculo con una ciudad o la identidad académica poseen valor precisamente porque no se fabrican con la misma facilidad que una estructura administrativa.


La pregunta económica —qué puede consolidarse para ahorrar costes— conduce así a otra institucional: qué no debería perderse durante el proceso.


El modelo de expansión encuentra sus límites


La educación superior se expandió extraordinariamente durante el siglo XX. Muchas instituciones organizaron su estructura bajo un mundo en el que más jóvenes accedían a la universidad, el título reforzaba sus credenciales profesionales y el crecimiento de la matrícula parecía ofrecer una base razonable para nuevas instalaciones, programas y servicios.


Cuando la demografía deja de proporcionar una expansión semejante, esa arquitectura se vuelve más difícil de sostener. Si disminuye el número de estudiantes potenciales, las universidades dejan de competir solamente por captar una fracción de una población creciente y empiezan a disputar una demanda más limitada.


A ello se añade una cuestión económica todavía más delicada: el estudiante no evalúa exclusivamente la experiencia intelectual. También puede preguntarse cuánto cuesta el título, qué deuda tendrá que asumir y qué retorno laboral espera recibir. Esa pregunta no afecta de la misma manera a todas las disciplinas ni a todas las universidades. La reputación, la calidad percibida, el acceso a determinadas redes profesionales y la diferenciación académica se vuelven entonces elementos esenciales.


El resultado probable no es una crisis uniforme de «la universidad», sino una creciente divergencia entre instituciones. Algunas conservarán una demanda extraordinariamente fuerte. Otras deberán justificar con mayor precisión por qué su formación merece el coste que exige. Y aquellas que no logren hacerlo tendrán que reducir estructura, especializarse, asociarse o buscar alguna forma de integración.


Internet no elimina el campus, pero modifica su competencia


La educación digital introduce otra presión sobre la estructura tradicional. Si una parte de la enseñanza puede distribuirse sin exigir presencia física permanente, determinadas funciones del campus deben justificar por qué aportan un valor que no puede reproducirse con la misma facilidad a distancia.


Esto no conduce necesariamente a la desaparición de la universidad presencial. Puede, por el contrario, clarificar qué funciones dependen precisamente de la presencialidad: comunidad intelectual, laboratorios, vida académica, relaciones entre profesores y alumnos o determinados componentes de formación y socialización.


La competencia digital obliga, en definitiva, a separar aquello que una universidad hace porque históricamente siempre lo ha hecho de aquello que constituye realmente su ventaja institucional.


Esa distinción puede resultar dolorosa. Las organizaciones duraderas acumulan procedimientos, departamentos y estructuras que en algún momento respondieron a necesidades concretas. Cuando cambia el entorno, conservarlo todo se vuelve costoso, pero eliminarlo indiscriminadamente puede destruir capacidades que tardaron décadas en construirse.


No todo lo valioso aparece en una cuenta de resultados


Aquí comienza el problema filosófico que una lectura puramente financiera no puede resolver. Una universidad produce bienes cuyo valor económico puede evaluarse razonablemente: formación profesional, empleabilidad, investigación aplicada o servicios. Pero también custodia conocimiento, transmite tradiciones intelectuales, mantiene comunidades académicas y puede desempeñar un papel cultural que no se traduce con facilidad en una rentabilidad monetaria inmediata.


Reconocer esos bienes no significa declarar irrelevantes los costes. Una institución cultural insolvente no queda protegida de la aritmética por la nobleza de su misión. Si los ingresos son insuficientes para mantener su estructura, tendrá que adaptarse de alguna manera.


Pero tampoco puede deducirse de esa aritmética que todo aquello que no produce un retorno financiero mensurable carezca de valor.


La dificultad de la universidad contemporánea se sitúa precisamente en esa frontera. ¿Qué parte de la experiencia universitaria puede juzgarse mediante salarios futuros, tasas de graduación, coste por alumno o demanda? ¿Qué parte pertenece a bienes institucionales cuyo valor se manifiesta lentamente, en la conservación del conocimiento, en la formación cívica o en la continuidad de determinadas comunidades intelectuales?


No existe una respuesta automática. Lo importante es reconocer que ambas clases de valor existen y que una reforma que ignore cualquiera de ellas será incompleta.


El espejo británico, con cautela


El problema tampoco es exclusivamente estadounidense. Un informe del Comité de Educación de la Cámara de los Comunes ha advertido de riesgos de insolvencia institucional en la educación superior británica. La comparación permite observar que la presión financiera sobre determinados modelos universitarios trasciende un único país.


Pero el paralelo debe detenerse ahí. Estados Unidos y Reino Unido poseen sistemas de financiación y estructuras universitarias diferentes, de modo que las conclusiones de un país no pueden trasladarse automáticamente al otro. La utilidad del caso británico consiste en mostrar que la sostenibilidad económica de las universidades se ha convertido en una cuestión institucional seria, no en ofrecer una plantilla para interpretar cada campus norteamericano.


Fusionar una universidad no es fusionar dos fábricas


Las operaciones que empiezan a aparecer en Estados Unidos deben juzgarse por algo más que sus ahorros de costes. Una integración logrará preservar valor si permite sostener enseñanza, conocimiento y comunidad con una estructura económica más viable. Fracasará intelectualmente si salva el balance destruyendo precisamente aquello que hacía valiosa a la institución.


Esto explica por qué sería precipitado concluir que «sobran universidades». Puede existir exceso de capacidad en determinados lugares o segmentos y, simultáneamente, existir funciones universitarias que una sociedad considere valioso mantener aunque no produzcan el rendimiento financiero de una empresa ordinaria.


Muchas instituciones de educación superior fueron construidas bajo expectativas demográficas y económicas determinadas. Si esas condiciones cambian, la universidad tendrá que cambiar con ellas. Algunas fusiones serán probablemente una expresión de esa adaptación; otras podrán revelar que determinados modelos han dejado de ser sostenibles.


La cuestión decisiva, sin embargo, no consiste solamente en averiguar cuántos campus pueden sobrevivir.


Consiste en decidir qué funciones de la universidad merece preservar una sociedad incluso cuando dejan de ser fácilmente rentables, y cómo construir instituciones capaces de mantenerlas sin fingir que el coste de hacerlo no existe.


Bibliografía


  • Financial Times, análisis sobre la consolidación de universidades estadounidenses.

  • House of Commons Education Committee, informe sobre financiación y riesgo de insolvencia en la educación superior británica, utilizado exclusivamente como comparación institucional.


Lecturas recomendadas


  • Financial Times, análisis de las operaciones de integración y consolidación en la educación superior estadounidense.

  • House of Commons Education Committee, informe sobre sostenibilidad financiera universitaria en Reino Unido, con las cautelas necesarias al comparar sistemas distintos.

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