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Cortázar no liberó al lector: le entregó un laberinto

  • hace 1 día
  • 5 min de lectura

A los 112 años de su nacimiento, Rayuela continúa planteando una cuestión que desborda la experimentación formal: cuánto puede decidir quien lee dentro de una obra cuyo universo ha sido previamente construido por otro


Julio Cortázar nació en Bruselas el 26 de agosto de 1914. Recordarlo únicamente por la coincidencia del calendario sería una forma particularmente pobre de homenajear a un escritor que dedicó buena parte de su obra a desordenar las formas previsibles de lectura. La efeméride ofrece una excusa mejor: volver a una de las preguntas que Rayuela hizo visible con una radicalidad poco frecuente en la novela del siglo XX. ¿Qué sucede con la autoridad del escritor cuando el lector recibe la posibilidad de alterar el recorrido de la obra? 


La pregunta parece sencilla hasta que se observa con detenimiento. La lectura tradicional de una novela presupone un pacto relativamente estable. El autor ordena; el lector avanza. Puede interpretar libremente, detenerse, retroceder, subrayar, abandonar el libro o volver sobre un pasaje, pero la estructura narrativa principal le llega ya dispuesta según una secuencia. Rayuela convierte ese pacto en objeto visible del propio arte. El lector deja de enfrentarse únicamente a lo narrado y empieza a enfrentarse también al problema de cómo leer lo narrado.


Ahí reside una parte decisiva de su innovación. Cortázar no se limita a contar una historia mediante una forma original; convierte la forma en uno de los temas de la obra. El orden deja de ser un recipiente transparente y pasa a participar del significado. Elegir un itinerario de lectura produce una experiencia distinta y obliga al lector a reconocer que toda narración contiene una arquitectura.


La libertad dentro de unas reglas


Resultaría tentador afirmar que el procedimiento convierte al lector en autor. Pero la afirmación es excesiva. Quien lee Rayuela puede escoger caminos, aunque no inventa los capítulos entre los que escoge. Puede modificar la secuencia, pero no decide qué palabras encontrará al llegar a cada estación del recorrido. Puede ejercer libertad, sí, pero lo hace dentro de un espacio diseñado por Cortázar.


La aparente pérdida de autoridad del escritor revela así una forma más sofisticada de autoridad. El autor deja de ordenar de manera absoluta la trayectoria para pasar a diseñar el campo de posibilidades. En lugar de indicar un único camino, construye un laberinto. La decisión pertenece al lector; la geometría del laberinto continúa perteneciendo al escritor.


Esta tensión convierte la novela en una experiencia que trasciende el mero juego formal. Plantea, en miniatura, una cuestión filosófica más amplia: qué significa ser libre dentro de una estructura que no hemos creado. Toda libertad efectiva se ejerce bajo alguna condición previa —un lenguaje, unas reglas, un mundo material, una historia— y la literatura permite observar esa circunstancia con especial claridad. El lector es libre para interpretar una obra, pero esa interpretación no ocurre sobre un vacío; comienza ante unas palabras que ya están allí.


Rayuela lleva esa evidencia hasta la estructura misma del libro. La libertad ya no aparece únicamente en aquello que el lector piensa sobre los personajes o sobre el sentido del relato, sino en la experiencia concreta de decidir cómo continuar. La lectura adquiere así un componente lúdico: avanzar implica elegir, probar, aceptar un orden o alterarlo.


Juego, azar y participación


El juego ocupa un lugar importante porque introduce reglas al mismo tiempo que permite movimientos. Sin reglas no existe juego; sólo indeterminación. Y sin margen de elección tampoco existe verdadera participación; sólo obediencia. La obra de Cortázar explora precisamente ese espacio intermedio en el que estructura y libertad dejan de ser opuestos absolutos.


Por eso el azar tampoco supone la desaparición del autor. Incluso cuando el recorrido produce encuentros inesperados, esos encuentros están compuestos con materiales previamente seleccionados. El lector puede experimentar sorpresa, discontinuidad o fragmentación, pero esas posibilidades han sido preparadas por otro.


Cabe preguntarse entonces si «cocreador» es realmente la palabra adecuada. El lector coopera en la actualización de la obra: establece conexiones, decide ritmos, concede importancia a determinados fragmentos y construye interpretaciones que el texto no puede controlar por completo. Pero esa colaboración tiene fronteras. Cortázar no abdica de su autoridad; la redistribuye.


Esa diferencia importa porque permite escapar de dos concepciones igualmente pobres de la literatura. Una imagina que el significado pertenece exclusivamente al escritor y que el lector debe limitarse a descubrirlo. La otra convierte la lectura en una libertad casi ilimitada en la que cualquier interpretación sería equivalente. Rayuela incomoda a ambas. Hay una obra, una arquitectura y unas decisiones autorales inequívocas; pero existe también un lector cuya actividad modifica profundamente la forma en que esa arquitectura se experimenta.


Una novela que obliga a mirar el acto de leer


La innovación de Cortázar debe situarse asimismo dentro de una búsqueda literaria más amplia de nuevas formas narrativas, vinculada a la extraordinaria renovación de la literatura latinoamericana del siglo XX. Pero reducir Rayuela a una pieza representativa del llamado Boom latinoamericano sería perder precisamente aquello que todavía la vuelve incómoda: su capacidad para convertir una cuestión formal en un problema intelectual que sigue interpelando al lector mucho después de que haya cambiado el contexto histórico de su publicación.


La ruptura de la linealidad no constituye un mero adorno experimental. Hace visible algo que toda literatura contiene de manera menos evidente: la negociación permanente entre lo que el autor dispone y lo que el lector hace con ello. Cortázar convirtió esa negociación en experiencia consciente.


Por eso su aniversario importa menos que la posibilidad de volver a leerlo. No porque Rayuela ofrezca una respuesta definitiva sobre la libertad literaria, sino porque obliga a formular mejor la pregunta. ¿Puede una obra mantener su unidad cuando ofrece más de un recorrido? ¿Hasta dónde alcanza la soberanía del lector? ¿Es libre quien elige entre caminos previamente trazados? ¿Y no ocurre, en alguna medida, exactamente eso cada vez que abrimos un libro?


Toda obra establece una relación entre libertad y estructura. Cortázar tuvo la audacia de convertir esa tensión en parte visible del acto de leer. Permitió que el lector eligiera caminos, alterara recorridos y participara en la construcción de su experiencia. Pero el mundo seguía siendo suyo. Quizá ahí radique la paradoja más fértil de Rayuela: cuanto más libre parece el lector, más claramente percibe la arquitectura que hace posible su libertad.


A Cortázar, por tanto, conviene volver no para celebrar una fecha, sino para recuperar una pregunta. Y pocas conmemoraciones literarias pueden aspirar a algo mejor.


Bibliografía


  • Instituto Cervantes, ficha biográfica y documental de Julio Cortázar.

  • Bibliothèque nationale de France, documentación sobre Cortázar y la innovación narrativa de Rayuela.


Lecturas recomendadas


  • Julio Cortázar, Rayuela.

  • Julio Cortázar, Bestiario.

  • Julio Cortázar, 62/Modelo para armar.

  • Una selección amplia de sus cuentos, donde el juego entre realidad, extrañeza y participación del lector adopta formas distintas de las exploradas en Rayuela.

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